jueves, 16 de agosto de 2012

Jesuitas y Maestros de Santa Catalina (Córdoba)

Si me preguntaran ¿cuál es tu lugar en el mundo? No dudaría en responder: Capilla del Monte, Córdoba. En este lugar mágico donde desde hace más de 10 años pasamos con mi familia nuestras vacaciones de invierno, siempre encontramos un lugar nuevo para conocer. Así fue que la semana pasada nos dijimos “vamos a la Estancia Jesuítica Santa Catalina”, que fue declarada Museo Histórico Nacional en 1941 y Patrimonio Cultural de la Humanidad (UNESCO) en el año 2000.
A medida que avanzábamos por la polvorienta ruta de ripio al rayo del sol, desde la comodidad de mi auto, se me hacía difícil imaginar a aquellos primeros jesuitas atravesando esas desoladas e inconmensurables tierras de silencios eternos y olores a polvo y tierra. Esos valientes desafiando la prudencia y sin más ayuda que la de Dios, enfilaban por senderos abiertos por ellos mismos, enfrentando tanto aborígenes (no tan pacíficos) como todo tipo de animales y alimañas que jamás habían visto en su Europa natal. Pensé en los jesuitas Francisco de Angulo y Alonso de Barzana, que arribaron a Córdoba luego de ser recibidos en Santiago del Estero por el Obispo fray Francisco de Vitoria. Recordé que Barzana, conocedor de lenguas indígenas, en 1588 había llegado a las márgenes del río Salado. Se dice que este hombre cuando regresó a Cuzco, en 1598, murió “rodeado de sus amados indios, con olor a santidad”. Creo que un viaje tan agotador, a ciudades tan distantes, hoy sólo podría hacerse en avión.
En tanta inmensidad y desierto, las vocaciones religiosas no eran sólo masculinas, el historiador Maeder señala que “hubo comunidades religiosas femeninas en Córdoba […] los monasterios de Santa Catalina, fundado en 1613 y de carmelitas descalzas o Teresas, erigido en 1627”. También reflexioné que en este paisaje árido que disfrutaba desde la ventana de mi vehículo, muchos jesuitas habían muerto violentamente. El Padre Romero en 1628 relataba que el Padre Roque había terminado de dar la misa cuando “dos indios con dos porras de piedra, llamadas itaizá, descargaron tan crueles golpes sobre la sagrada cabeza, que se la abrieron y derribaron muerto haciéndole añicos la cara y la cabeza con las porras”. La misma suerte corrió el Padre Alonso Rodríguez a quien “Le dieron tantos golpes en la mollera y cabeza con las porras de piedra que le derribaron muerto junto a la iglesia. Desnudaron a los santos de sus vestidos y al santo Padre Alonso le partieron la cintura. Arrastraron los santos cuerpos un buen trecho alrededor de la casa, y metidos en la iglesia les prendieron fuego”.
Mientras seguíamos recorriendo el zigzagueante camino de cornisas, yo continuaba absorta en mis pensamientos, que me llevaron a principios del siglo XVI cuando las “Reducciones” (“reducti” (llevados) porque los indios eran “llevados” a la fe cristiana”) funcionaban como aldeas. Allí los encomenderos cumplían las indicaciones de “evangelizar” a los indígenas impuestas desde la época de Felipe II: “He tenido por bien, hacer encargo especial a los Padres de la Compañía, […] que indefectiblemente mantengan escuelas en los pueblos y procuren que los indios hablen la lengua castellana”. Así, los jesuitas fundaron en 1599 sus colegios y residencias en Córdoba. En 1644 decía un sacerdote que en sus colegios “Se enseña a los niños la doctrina cristiana, predicándose con igual espíritu a negros, indios y españoles, en sus lenguas”.
Cuando finalmente llegamos cerca del mediodía, el sol en la Estancia de Santa Catalina era abrasador (no puedo imaginar lo que debe ser en verano). El silencio sólo era interrumpido por el graznido de algunas aves y por el ladrido de los perros. Por suerte estaba abierto el local que en 1622 funcionaba como ranchería de indígenas y esclavos devenida en una pulpería campestre, donde nos sirvieron las empanadas más ricas que comimos en toda Córdoba. El predio que ocupa Santa Catalina es grande y está muy bien cuidado, no me fue difícil imaginar allí a negros y aborígenes en sus quehaceres, junto a niños estudiando. Decía el jesuita José Cardiel a mediados del siglo XVII que, “En la crianza de los muchachos de uno y otro sexo se pone mucho cuidado, como lo ponen todas las Repúblicas bien ordenadas; pues de su educación depende todo el bienestar de la República […] Vienen a la escuela los hijos de los caciques, de los Cabildantes, de los músicos […] todos los cuales componen la nobleza del pueblo. Tienen sus maestros indios y aprenden a leer con notable destreza y leen la lengua extraña mejor que nosotros […] También hacen la letra harto buena, con tanta perfección que nos engañan ser de alguna bella imprenta”. Pero no sólo se aprendía a leer y escribir, en aquellas escuelas también enseñaban a tocar instrumentos y a cantar: “cantan con tal armonía, majestad y devoción, que enternecerá el corazón más duro”.
Estas tierras, donde se encuentra Santa Catalina, fueron otorgadas en 1584 a Don Miguel de Ardiles que se encontraba junto a Don Jerónimo Luís de Cabrera fundador de Córdoba. Cuando aquél murió, la propiedad pasó a manos de su hijo Miguel de Ardiles el Mozo que vendió las tierras a Luis Frassón, quien en 1622 las revendió a la Compañía de Jesús. La estancia estaba en pleno auge cuando se produjo la expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III en 1767. Entonces la Junta de Temporalidades se encargó de la administración de todos los bienes de la Compañía incluyendo esclavos, ganados y frutos. Todo el patrimonio de los jesuitas fue dilapidado por la incompetencia de algunos administradores, que a partir de 1767 tuvieron que empezar a venderlo. De esta manera, en 1774, Don Francisco Antonio Díaz, Alcalde Ordinario de primer voto compró Santa Catalina en una subasta promovida por la Junta de Temporalidades, y permanece hasta la actualidad en manos de sus descendientes que hoy ocupan varias habitaciones de la propiedad. Los actuales dueños cuentan con la labor de Marcelo, un guía que nos contó apasionadamente la historia de la Estancia Jesuítica mejor conservada de toda la Argentina desde 1622.
La iglesia de Santa Catalina con su fachada simétrica flanqueada por dos torres es de estilo barroco. Sigue el diseño de la iglesia Gesú de Roma del arquitecto Vignola, quien cumplimentó las exigencias formuladas en el Concilio de Trento (años 1545/1563): cuenta con una nave simple central y su planta es de cruz latina cuyo crucero remata en una cúpula con ventanas en la bóveda. A esta iglesia monumental se sumaron los claustros cercando patios, galerías, rancherías, huertas, depósitos, talleres y caballerizas.
Gracias a Marcelo supimos que fueron esclavos negros los que construyeron la Iglesia y la Casa, y que el gran retablo del altar mayor de madera y dorado a la hoja, donde se destaca un lienzo representativo de la santa patrona de la estancia, fue traído íntegramente de Europa. Entre otras pinturas que decoran los muros de la iglesia se lucen una imagen de vestir del Señor de la Humildad y la Paciencia y una talla policromada de un Cristo crucificado con rasgos claramente indígenas. Marcelo también nos mostró un pequeño espacio de la iglesia, al que sólo se puede entrar agachado, que era el lugar donde los jesuitas escondían sus cuadros e imágenes cuando había malones. En este escondite se encontró un túnel bajo tierra de aproximadamente 15km., por donde se supone que las misiones se conectaban entre sí, el cual lamentablemente se derrumbó hace algunos años.
Cuando terminamos el recorrido, Marcelo nos acompaño a la Escuela Gregoria Matorras, cruzando la polvorienta calle, donde fuimos recibidos por su Director y maestro que nos mostró el establecimiento que orgullosamente dirige. Quizá se pregunten ¿porqué comento esto? Porque quiero compartir con ustedes la emoción que sentí al ver que esta escuelita rural cuenta con un pequeño museo, nacido de la iniciativa de sus únicos dos maestros y de los niños que allí asisten desde jardín de infantes hasta terminar el ciclo primario. Este museo chiquito y maravilloso se realizó gracias a las donaciones de las familias de los alumnos y allí se pueden apreciar desde morteros de los comechingones hasta antiguos rayadores y muñecas antiguas. Como dije, esta escuela cuenta con tan sólo dos maestros: una “seño” que por la mañana es maestra y por la tarde policía, un maestro (y Director), y otra “seño” que además de mantener la escuela impecable, prepara para los chicos la comida y la merienda. Tal vez estos maestros maravillosos, que conocen lo que es el sacrificio, el esfuerzo y la entrega, tengan algo de aquellos maestros jesuitas que enseñaban lo que consideraban que era lo mejor para sus hermanos americanos y africanos, aún en medio de tantas dificultades (independientemente de que con ojos de hoy podamos criticarlos, pero esa es otra discusión).
Fue un honor para mí conocer a Marcelo, a los maestros y a los niños del Gregoria Matorras a quienes dedico este post, al igual que a todas esas personas que como ellos, trabajan silenciosamente, olvidados por los políticos de turno, haciendo de nuestra Argentina profunda un mejor lugar donde vivir. El año que viene visitaremos otra vez la escuela a la que llevaremos libros para hacer crecer su modesta biblioteca, junto con todo lo que podamos transportar.
Ahora ya lo sabés!
Lic. Alicia Di Gaetano
Bibliografía y fuentes
·         Bischoff, Efraín U. Historia de Córdoba, Buenos Aires, Plus Ultra, 1979
·         Busaniche,  José Luis, Lecturas de la Historia Argentina. Relatos de Contemporáneos 1527-1870, Buenos Aires, Solar, 1938.
·         Maeder, Ernesto J.A., “La Iglesia Diocesana: El clero secular y las órdenes religiosas” en Nueva Historia de la Nación Argentina, Período español (1600-1819) Tomo 2, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Planeta, 1999

jueves, 9 de agosto de 2012

Relatando a través del color. La Historia no se escribe sólo con la pluma sino también con el pincel


Siempre he creído que una obra de arte actúa como “ventana” al corazón del artista y al contexto y situación histórica del momento. Adentrándonos en el juego de colores y sombras, del trazado, de las imágenes y rostros, de los materiales utilizados, el creador trata de sumergirnos y comprometernos con ese mundo que quiere que observemos.

También pienso que nunca hay que dar nada por sentado en esta vida pero un recorrido por el Museo Nacional de Bellas Artes de la Ciudad de Buenos Aires tendría que ser paso obligado de todos. Y es ahí donde se encuentra el cuadro imponente del maestro Ernesto de la Cárcova, Sin Pan y San Trabajo (1893) no sólo por sus colores sino también por el realismo de sus imágenes. Seguramente, el espectador que se pare frente a él sentirá que es envuelto por la escena, encontrándose en un sórdido escenario en donde aparecen sentados alrededor de una mesa, un matrimonio humilde que interactúa con el paisaje que se observa por la ventana.

Esta obra terminada en 1893, refleja la situación argentina de fines del siglo XIX donde el país y el Buenos Aires de aquel entonces experimentaban nuevos aires provenientes del exterior. La clase dirigente, bautizada  la “Generación del 80”, intentó  convertir al país en un modelo fiel a Europa. La moda, la cultura, la infraestructura, el trazado urbano, en fin, todo debía imitar al Viejo Continente. Ejemplo de ello fue que al artista en cuestión se le asignó como deber  la adquisición de obras de arte en Europa para el embellecimiento de la ciudad de Buenos Aires.

El proyecto político-económico que nos permitió incorporarnos en el ámbito internacional fue la aplicación del liberalismo en la política y del modelo agroexportador en la economía por el que proveíamos a los países de Europa carne y materia prima a cambio de capitales y productos manufacturados, adecuándose perfectamente con el positivismo de los ambientes político-culturales que apostaban al progreso y desarrollo del país.

Siguiendo los lineamientos planteados por Juan Bautista Alberdi en la Constitución de 1853 y respondiendo a este proyecto nacional de trabajo y población del territorio con mano de obra calificada se postuló el beneficio de traer al país brazos aptos para el trabajo de los países de Europa Occidental. Así, la Argentina se transformó, desde mediados del siglo XIX, en destino para aquellos que desearan emigrar al país en busca de nuevos horizontes. Si bien el flujo migratorio se inició en los años 50, tomó vigor a partir de los 80 bajo los anhelos e impulsos de la clase elite dirigente de “poblar el desierto” y civilizar el territorio. En palabras de dos historiadores argentinos, Carlos Alberto Floria y Cesar A. García Belsunce: “El censo de 1869 da la primera imagen de un cambio incipiente y el punto de comparación para el futuro. De allí en adelante, la radicación del inmigrante, la lucha contra el analfabetismo, el desarrollo del ferrocarril, el régimen de la tierra, la implantación de nuevas industrias, la aparición de la fábrica, el desarrollo de la agricultura y del campo alambrado, serán notas fundamentales de la metamorfosis de los años de transición.”[1] Este censo arrojó que un 12.1% de la población del país era extranjera y en Buenos Aires  representaba el 48%. Las otras provincias testigos del movimiento inmigratorio fueron Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Mendoza.

En la exposición del inmigrante que se realizó en el 2011 en Roma, en el imponente Monumento a Vittorio Emanuele II, figuran una serie de panfletos en donde se invitaba a los italianos que dejaban su patria a trasladarse a las provincias de Córdoba o Santa Fe. También se encontraba un gran anuncio donde se brindaba información de la Argentina asegurando que el clima era similar al napolitano. Así, una gran cantidad de inmigrantes provenientes en su mayoría de Italia y España, pero también de Francia, de Alemania  y algunos países del este, llegaron a nuestro país.

Esos años no sólo estuvieron signados por la inmigración sino también por el progresismo, la urbanización y el desarrollo de la industria. Sin embargo, la industrialización de las ciudades y la tecnificación del campo provocaron grandes movimientos migratorios hacia las zonas urbanas, transformándolas en una “olla a presión” debido al aumento poblacional en poco tiempo, careciendo las ciudades de la infraestructura necesaria para albergar semejante cantidad de habitantes.

Cabe destacar también que el advenimiento de estos grupos trajo al país no solamente brazos para el trabajo sino también nuevas ideas, para algunos, de índole revolucionaria, que se expresaron en la Primera Asociación Internacional de Trabajadores, en Londres, en 1864. Este “caldero de ideologías” provocó una serie de levantamientos de diversos sectores que llevó al Estado a aumentar su política represiva.  El escenario argentino se vio cada vez más invadido por huelgas generales, grandes movilizaciones obreras y publicaciones que incentivaban a la lucha por mejoras salariales y laborales para los trabajadores.  Estas primeras agrupaciones estuvieron formadas en un principio por obreros extranjeros, en especial, alemanes e italianos, aunque se sumaron a sus filas un gran número de pensadores e intelectuales argentinos.  La conciencia del trabajo, de la unión a través de los sindicatos, en definitiva del “ser obrero”, se plasmó en nuestro país con la creación en 1896 del Partido Socialista por el Dr. Juan Bautista Justo. Más adelante, se fundaría la Federación Obrera Argentina que reuniría a los principales gremios anarquistas y socialistas.

Así se encontraba nuestro país a fines del siglo XIX. El parecernos a Europa repercutió hasta en las artes ya que desde 1880 se llevó a cabo una intensa actividad para promoverlas. Muchos artistas viajaron a los países europeos, en especial a la Bella Italia, para completar su instrucción. Tomando el ejemplo de los grandes maestros, traían de regreso una mezcla de romanticismo,  neoclasicismo y naturalismo. Estos estudiantes se vieron también influenciados por Gustave Courbet, fundador y máximo representante de la escuela realista y activista del socialismo revolucionario, quien daba un tono social a sus obras.

Ernesto de la Cárcova, miembro de una familia acomodada y siguiendo los pasos de varios de sus colegas, viajó a París, Roma y Turín para completar su formación. Al regresar, se convirtió en el Director de la Academia Nacional de Bellas Artes en 1905 y fue fundador y primer Director de la Escuela Superior de Bellas Artes en 1923. Perteneciente al Grupo Boedo, se lo caracteriza por su temática social y su deseo de vinculares con los sectores populares y el movimiento obrero. Tal es así que en 1894 se incorporó al Centro Obrero Socialista.

Ese mismo año de la Cárcova expuso su obra Sin Pan y Sin Trabajo en el Segundo Salón de Pintura organizado por El Ateneo, grupo de intelectuales, políticos y letrados que en 1892 había dado vida a esta institución con la intención de promover las artes en el país.  Como el cuadro no fue pintado en Buenos Aires, sino en Turín, cuando el artista era alumno de la Academia Albertina, despertó una serie de debates en torno a la idea de que en realidad el pintor no plasmaba la realidad rioplatense, ya que se encontraba a un océano de distancia. Sin embargo, dicha obra resultó espejo fehaciente del contexto político-social argentino del momento.

Si el observador intentara encontrar palabras claves que clasifiquen la obra seguramente inundarían su mente aquellas como pobreza, miseria, impotencia, ira, angustia, desesperanza, entre otras. En ella un obrero interactúa con lo que sucede fuera de su casa y su mano empuñada refleja su  bronca, tal vez, con lo que observa: la policía montada que reprime una manifestación. Su mujer, desesperanzada, lo observa mientras amamanta a su hijo en brazos. No sabemos si se trata de un obrero criollo o inmigrante, de un socialista o anarquista, de un obrero que se mantiene fuera de la situación por falta de agallas o un extranjero que al no estar nacionalizado se mantiene al margen de la militancia política. En fin, los personajes están abiertos a la imaginación y libre interpretación del que observa. No están encasillados en un grupo de características sino que invitan a ser interpretados.  Vale destacar que en ese ambiente rústico se encuentran sobre la mesa, las herramientas, signo claro del desempleo y miseria que vivían los obreros en esos momentos de crisis. Si bien nuestro personaje se mantiene en su casa y su ira se manifiesta en su puño levantado, el inmigrante trajo consigo una experiencia de lucha que nuestros criollos desconocían y de los cuales aprendieron.

Las manchas de humedad en las paredes, la mesa rústica, la silla, la cesta de mimbre y el arcón que sirve de asiento a la mujer, completan la escena. Al ser una pintura realista, existe una gran expresividad en rasgos y gestos que se logra gracias a la perspectiva, el pasaje de claroscuros graduales y el modelado de los volúmenes. El dibujo demuestra la expresión desolada e impotente de los rostros de la pareja. El artista utilizó tonalidades bajas para intensificar el dramatismo de la escena, y la luz que entra a través de la ventana iluminando el rostro del hombre que mira hacia afuera, acentúa ese sentimiento de impotencia. El juego con las luces y las sombras acentúa lo sórdido de la imagen mientras que los reflejos de luz en la mesa vacía acentúan lo desolador y dramático del momento.

Ya el título del cuadro nos da una noción de la situación penosa del trabajador en aquellos días: Sin Pan y Sin Trabajo. Quitarle al hombre su alimento y su trabajo, es quitarle su esencia, su propio ser, su dignidad de ser humano, y de la Cárcova, a unos miles de kilómetros, lo reflejó de una manera realista, siendo buen conocedor del juego del trazado y del color. Sin Pan y Sin Trabajo es un capítulo de la historia argentina, escrito no con la pluma sino con el pincel.

Lic. Andrea Manfredi

Bibliografía:

-          Aproximaciones a la crítica y la historia del arte II en: <www.fundart.org.ar>

-          Ernesto de la Cárcova (Buenos Aires, 1866-1927) en: <www.buenosaires.gov.ar>

-          Floria, C. A. y C. A. García Belsunce, Historia de los Argentinos, Buenos Aires, Larousse, 2004, 2ed

-          Gache, Belén, Sin Pan y Sin Trabajo, de Ernesto de la Cárcova: la década del ’90 y la transformación del imaginario social. V Congreso Internacional de Semiótica Visual. Semiótica Visual: Teoría y Práctica. Siena, Italia, junio de 1998, en: <www.findelmundo.com.ar>

-          N° 142. Sin Pan y Sin Trabajo en: <www.agendadereflexion.com.ar > , 28 de diciembre de 2003

     - Imagen extraída de: www.elgrupoboedo.blogspot.com






[1] Floria, C. A. y C. A. García Belsunce, Historia de los Argentinos, Buenos Aires, Larousse, 2004, 2ed, p. 640

viernes, 3 de agosto de 2012

LA INGLATERRA DE GLORIANA – CAPITULO 1: EL ASCENSO



Ya escribí tanto sobre los Tudor que me da un poco de vergüenza volver a contar la historia de Enrique VIII pero para poder hablar de su hija Isabel es obligatorio. No puedo empezar su historia si no lo menciono previamente. Voy a resumir muy someramente los hechos hasta el nacimiento de Isabel pero si quisieran saber un poco más pueden leer “Seis bodas y cinco funerales”, donde me despacho con toda la vida de Enrique como se debe. Ahí va mi resumen:
Enrique VIII era el rey de Inglaterra y estaba casado con la española Catalina de Aragón con quien tenía una sola hija mujer, María Tudor. Enrique sin embargo quería un varón pero Catalina ya no podía darle hijos entonces decidió que quería divorciarse de Catalina y casarse con Ana Bolena, que lo tenía “hechizado” y que como era joven seguramente le daría varones. Obviamente la Iglesia Católica, o sea el Papa, le negó el divorcio, entonces Enrique creó una Iglesia propia, con él a la cabeza, se divorció y se casó nuevamente.
De su matrimonio con Bolena nació Isabel pero ni noticias de algún varón. Entonces Enrique decidió deshacerse de Ana y tras un juicio bastante dudoso, la hizo decapitar. Isabel tenía apenas 2 años. El rey se casó por tercera vez con Jane Seymour y finalmente nació el tan preciado varón, Eduardo. Ahora podemos seguir con nuestra protagonista:
Cuando nació Isabel, su hermana mayor, María fue declarada bastarda por Enrique, pero cuando nació Eduardo, Isabel acompañó a María en la lista de hijas bastardas. Esto quiere decir que ni María ni Isabel podían heredar la corona. Cuando un rey tenía hijos extramatrimoniales, cosa que era muy común, estos llevaban el título de “hijo del rey”, pero bajo ningún concepto significaba que tuvieran algún derecho a la corona. De esta manera las dos hijas del rey pasaron a ser: Lady Mary y Lady Elizabeth, the king’s daughters (“hijas del rey”).
Cuando murió Enrique obviamente lo sucedió en el trono el príncipe Eduardo pero por suerte para María e Isabel, Enrique, tiempo antes, había entrado en razón y mediante un acta las había restaurado en la línea sucesoria al trono, sin embargo lo que nunca se solucionó fue el tema de la bastardización, o sea que, si bien se convertían en herederas, eran todavía consideradas legalmente bastardas, porque supuestamente no habían sido hijas de reinas, aunque Catalina y Ana Bolena sí lo habían sido. En fin, Enrique no se caracterizó nunca por comportarse de manera coherente.
Durante su niñez, Isabel y María vivieron en las afueras de la ciudad, en diferentes palacetes, como era la costumbre. En general tenían un séquito de sirvientes y se movían cada unos cuantos meses de palacio en palacio, pues les cuento que en esa época la limpieza de las casas no era como hoy en día, no existían los baños y la higiene personal dejaba mucho que desear, por eso cada tanto se tenía que deshabitar por completo la casa para que se pudiera limpiar y volver a condiciones vivibles.
Isabel recibió durante todos estos años la educación típica de una princesa, y se benefició con las nuevas corrientes renacentistas, por lo cual tanto ella como su hermana sabían hablar varios idiomas, conocían sobre filosofía y religión, podían traducir textos del griego y del latín y eran finas bailarinas y cantantes, entre muchas otras cosas. Esta educación no tenía otro fin más que convertirlas en un buen partido para casarse con algún príncipe de un Estado vecino. Pero, como les contaba, si bien fueron educadas bajo los más altos estándares de la época a pedido de Enrique, el hecho de que fueran consideradas bastardas hizo que ningún otro Estado las considerara seriamente para un enlace de matrimonio. Visto en perspectiva y una vez que termine de contarles la historia de Isabel, se puede decir que Enrique realmente arruinó la vida de sus dos hijas, por lo menos en cuanto a lo afectivo se refiere. No les voy a adelantar la vida de Isabel pero puedo contarles que María no se casó sino hasta tener casi cuarenta años, su marido nunca la amó y murió sola y sin hijos. (Pueden leer: Princesa, bastarda y reina – la vida de Bloody Mary)
Como les decía entonces, el príncipe Eduardo, menor que Isabel y María, se convirtió muy joven en rey de Inglaterra, sin embargo era un niño muy vulnerable y murió a los 15 años de tuberculosis pero antes de eso arregló la sucesión de su trono. Recordemos que Enrique VIII había restaurado a sus dos hijas a la sucesión en el siguiente orden, primero María y luego Isabel cosa que Eduardo sabía perfectamente, sin embargo había un problema a tener en cuenta. Si recuerdan, Enrique, para casarse con Ana Bolena había creado una Iglesia propia separándose de la Iglesia Católica, por tanto Isabel y Eduardo, sus hijos menores, habían crecido bajo esa nueva religión, por el momento muy cercana al protestantismo, pero por el contrario María, su hija mayor, era una católica recalcitrante. Entonces ¿Cuál era el problema que se le presentaba a Eduardo al momento de ceder su corona? Muy simple: que heredara María y que quisiera restaurar la religión católica en Inglaterra. Para evitar eso el joven rey le quitó a su hermana el derecho de heredar y por tanto, aunque Isabel era protestante como él, tuvo que hacer lo mismo con ella. Nombró en cambio como heredera a Lady Jane Grey que por vía sanguínea era la más cercana al trono y que fue llamada la “reina de los 9 días” porque María no se dejó amedrentar y con ayuda de un grupo de nobles del norte le quitó el trono y tiempo después la hizo decapitar por traición.
Ahora, María Tudor, la hija mayor de Enrique, era reina de Inglaterra y como bien temía Eduardo, lo primero que hizo fue reinstaurar la religión católica como la oficial. ¿Qué quería decir esto? Que toda otra religión era considerada herética, y ¿Qué les pasaba a los herejes? Morían en las hogueras.
María fue conocida como “Bloody Mary” o la “Reina sangrienta” porque hizo perseguir y quemar vivos a cientos de herejes. Pensemos que en pocos años el pueblo inglés había pasado de ser católico a protestante y luego a católico una vez más. Era difícil amoldarse a los caprichos reales en tan poco tiempo y por eso los “herejes” morían.
Volvamos entonces con Isabel que al fin y al cabo es nuestra protagonista. Les conté que Isabel, como hija del segundo matrimonio de Enrique, había sido educada en la nueva religión. Viajemos entonces en el tiempo e intentemos imaginar la situación de Isabel. María reinaba en una nación que se convertía al catolicismo a la fuerza, los herejes eran perseguidos y quemados sin vacilaciones y en medio de esa revolución nuestra princesa no sólo era anticatólica sino que además era la heredera al trono. Cuál era el problema, pensarán ustedes, si María podía procrear un heredero y terminado el problema. Bueno, no era tan fácil. María no se había casado, justamente porque al ser supuestamente “bastarda” no le había servido a ningún príncipe o rey vecino como alianza política y por eso había pasado toda su vida en soledad. Cuando tomó el trono tenía 37 años, y en esas épocas una mujer de esa edad era considerada mayor y por supuesto estéril. María sin embargo logró casarse con el heredero español Felipe II pero su matrimonio fue infeliz. Por otra parte, Isabel,  mujer inteligente y astuta, bien imaginaba que María seguramente nunca tendría hijos y de morir así, ella heredaría. El problema yacía en que era vox populi que ella no era católica, y como le pasó a Eduardo, María se negaba rotundamente a que su hermana heredara y restaurara una vez más la nueva religión. Una de las cuestiones más complicadas era el tema de la Misa que para María era lo más importante en este mundo y que para los protestantes era herejía. Isabel entonces se encontró en un brete, pero hábil como era, decidió salvar su pellejo y comenzó a asistir a Misa diariamente (a veces hasta dos veces) con el único objetivo de preservar su vida y su lugar en el reino. Pero María era una inteligente mujer también ella y a pesar de las apariencias, la duda de la “conversión” de Isabel estaba siempre latente. Sin embargo, nuestra protagonista, se mantuvo firme y, quien sabe con qué pensamientos muy dentro suyo, asistió a Misa durante años.
Otro problema latente para Isabel era que ella se había convertido “sucesoriamente” en la enemiga natural de María. Pensemos juntos: pasaban los años y María no podía procrear, su marido era español y estaba a punto de heredar su corona y por eso la visitó sólo dos veces en lo que duró el matrimonio, por tanto parecía imposible que ella quedara embarazada, a esto se sumaba que los grupos opositores, en general protestantes, crecían producto de la persecución a los herejes. En medio de todo este embrollo político y religioso, estaba Isabel, la heredera directa al trono, joven, hermosa y por sobretodo fértil. María vivía con la espada de Damocles pendiendo de un hilo sobre su cabeza, ella era una mujer mayor y seca por dentro y su hermana por el contrario brillaba en la corte. Lo único que podía dificultar la posición de Isabel era una sospecha de traición y esta no se hizo esperar.
Cuando María se casó con el católico Felipe II (futuro rey español) algunos aristócratas ingleses, en su mayoría protestantes, comenzaron a complotar en su contra y pusieron su atención obviamente en Isabel. Lamentablemente para ellos su avance hacia Londres fue frenado por la reina y el protagonista del levantamiento, el Duque de Suffolk, al ser interrogado confesó que el plan consistía en bajar a María y coronar a Isabel. Los cuestionamientos siguieron durante días y a pesar de que no pudieron comprobar la implicancia de la princesa en el complot (y de hecho ella no había participado) Isabel fue igualmente llamada a Londres y encerrada en la Torre, donde se tenía a los traidores. Finalmente, después de un tiempo considerable de encierro se dio una situación de esas que considero hasta novelescas, donde la realidad le gana a la ficción. Uno de los implicados exoneró a Isabel de toda culpa en su discurso mientras yacía en el cadalso a punto de ser decapitado. En esa época los testimonios de las personas que estaban a punto de morir eran considerados casi como verdades del Evangelio y por eso al poco tiempo Isabel fue liberada y puesta bajo el cuidado o mejor dicho custodia de un Sir fiel a María y allí vivió durante un tiempo. Se dice que Isabel le hizo la vida imposible a este hombre y que él sabiendo que ella algún podría heredar pasó los momentos más incómodos de su vida teniendo presa en su casa a una princesa real.
Pero al fin y al cabo fue el tiempo lo que terminó por acomodar las cosas.
En abril de 1555 María llamó a Isabel a Londres para que presenciara su parto, que nunca llegó, era una falsa alarma o las ganas desmedida de la reina de quedar embarazada. En 1557 fue convocada nuevamente por la misma razón pero este niño tampoco llegó porque lo que tenía María era un tumor que le hinchó el vientre y le provocó la muerte. Su marido Felipe se había ido hace tiempo a recibir su corona a España y por tanto para Isabel ya no quedaba más que esperar, las circunstancias se ponían de su lado y ya no necesitaba participar de complots, ya había aprendido la lección.
María finalmente comprendió que le esperaba la muerte y tuvo una última charla con Isabel porque aparentemente, y provocando mucha oposición de los ultra católicos que la apoyaban, había aceptado que la heredera natural era su hermana. María le pidió a Isabel que no les negara a sus súbditos la Misa y el amor de la Virgen María a lo que Isabel, sabiéndose finalmente vencedora, le respondió muy diplomáticamente que ella haría sólo lo que su corazón le dictara. Al fin y al cabo Isabel no había dejado de ser protestante y no cambiaría ahora.
El 17 de noviembre de 1558 murió María producto del cáncer. Su consejo real declaró a Isabel reina de Inglaterra y fueron enviados mensajeros a su palacete en Hatfield donde fue informada de las novedades. El 28 de noviembre entró la magnífica Isabel a Londres y el 15 de enero fue coronada en la Abadía de Westminster.
Iniciaba la Era Dorada, la Inglaterra de Gloriana.
CONTINUARÁ…

Lic. Diana Fubini

Rex, Richard, Elizabeth I, Londres, Tempus, 2003

jueves, 26 de julio de 2012

De necrópolis y camposantos

En general, si hay un tema que provoca angustia a las personas es el de la muerte, sea la propia o la de sus seres queridos. Independientemente de las creencias sobre si el alma existe y en ese caso qué sucede con ella, al momento del fallecimiento de una persona los deudos se enfrentan a una cuestión no menor: qué hacer con el cuerpo del difunto. En el mundo cristiano occidental según fueron pasando los siglos, las formas de inhumación se fueron modificando, hasta alcanzar lo que hoy conocemos como cementerio y de eso se trata este post.

En la Antigüedad pagana y en la cristiana, los vivos debían estar separados de los muertos, porque uno de los objetivos de los cultos funerarios era impedir que los difuntos “volvieran a perturbar” a los vivos. Esta fue una de las razones por las que La ley romana de las Doce Tablas, escrita entre los años 450 y 451 a.C., prohibió los enterramientos dentro de la ciudad. Por eso se instalaron los cementerios al costado de las rutas como en la Via Appia, en Roma. Pero a partir del siglo II las inhumaciones comenzaron a realizarse en las ciudades, en necrópolis suburbanas, donde los mártires junto con cristianos y paganos aún descansan el sueño eterno. Máximo de Torino en el siglo V sostenía que los mártires cuidaban a los vivos y protegían a los muertos.

Aún no está del todo claro cómo los cementerios entraron en las iglesias, pero sí se sabe cómo fue en el caso de Amiens (Francia). El obispo de San Vaast había elegido su sepultura fuera de la ciudad y cuando en el 540 falleció, los sacerdotes quisieron levantar su cuerpo para trasladarlo, pero se había vuelto tan pesado que resultaba imposible moverlo. Cuando decidieron dejarlo en la Catedral, el cuerpo se volvió liviano y a partir de ese acontecimiento, la separación entre abadía y cementerio quedó borrada. De ahí en más, el clero empezó a ser inhumado dentro de las iglesias compuestas por la nave, el campanario y el cementerio, palabra ésta que designó la parte de afuera del edificio, es decir, el atrio originariamente sinónimo de osario.

Pero no sólo el clero, también los más ricos empezaron a ser enterrados dentro de la iglesia, bajo las baldosas. A medida que avanzaron los siglos, los cadáveres de los nobles comenzaron a ocupar distintas partes de los templos. Eran depositados en sepulturas artísticamente ornamentadas, siempre con motivos religiosos y en muchos casos se esculpía encima la figura del difunto, tal como las podemos apreciar hoy en día en todas las abadías, catedrales e iglesias europeas. Pongo como ejemplo, por ser una de las historias más románticas del mundo, las tumbas del rey Pedro I de Portugal y de Inés de Castro. Como Pedro se casó en secreto con Inés, que era la dama de compañía de su futura segunda esposa (una infanta española) su padre el rey Alfonso IV, ordenó asesinar a Inés en 1355. Cuando en 1357 Pedro fue ungido rey de Portugal, hizo exhumar el cadáver de su enamorada y a pesar de que la señora sin dudas ya no olía tan bien, ni se veía tan hermosa, hizo coronar el cadáver a su lado. Los cuerpos de Inés y de Pedro, que murió en 1367, fueron depositados en dos tumbas enfrentadas, ubicadas en el transepto del Monasterio de Alcobaza (Portugal) para que cuando llegara el fin de los tiempos y despertaran del largo sueño de la muerte, fueran sus rostros amados lo primero en ver. ¿No es una historia de amor de película?

Durante la Edad Media, las tumbas fueron ornamentadas primero con imágenes del Apocalipsis y de un Cristo rodeado por los cuatro evangelistas al final de los tiempos; y con la resurrección de los muertos después. Hacia el siglo XII a estas escenas se le agregó la de Cristo sentado como un juez rodeado de apóstoles, juzgando a cada hombre por sus acciones buenas y malas. Le debemos a las órdenes mendicantes del siglo XIV suponer que al momento de morir, nuestra vida entera pasa por nuestra mente como en un film. La iconografía del siglo XVI nos muestra al moribundo acostado, rodeado de sus amigos y parientes y de toda la corte celestial, la Virgen y la Trinidad de un lado y del otro Satanás con su ejército de demonios, esperando el final del juicio para quedarse con el alma. Fue en ese mismo siglo cuando Felipe II de España mandó a construir el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un complejo multifuncional, monacal y palaciego, que posee bajo su capilla principal las tumbas de los reyes, reinas e infantes españoles desde Felipe II hasta ahora, (Austrias y Borbones) que se conoce como Panteón de los Reyes.

Por el contrario, el camposanto estaba reservado a los pobres que eran apilados en fosas profundas y grandes llamadas osarios, sin ataúd, simplemente envueltos en sus sudarios. Cuando la fosa se llenaba, se reabría otra más antigua de la que se sacaban los huesos secos que se trasladaban a otros osarios. Son estos huesos (fémures, húmeros y calaveras, etc.) sacados de las fosas, los utilizados en el barroco macabro del siglo XVIII, que expuestos en algunas iglesias en forma artística, tapizaban paredes, columnas y arcadas. Tal es el caso de la Capelas de Ossos (Capilla de los Huesos) en la Arquidiócesis de Évora, Portugal (da escalofrío entrar, especialmente porque en el ingreso dice “los huesos que aquí estamos, los estamos esperando”). En realidad hasta los siglos XVI y XVII, a la gente poco le importaba dónde estaban los huesos con tal de que estuvieran cerca del altar del Santísimo Sacramento o de la Virgen.

Durante el Siglo de las Luces (siglo XVIII) surgió una especie de fascinación por la muerte y por el misterio que separa el fin de la vida y el comienzo de la descomposición, que quedó plasmada en representaciones de esqueletos y momias. Hacia mediados del Siglo, las personas “ilustradas” imbuidas de la filosofía racional, empezaron a notar que la acumulación de muertos en las iglesias comprometía la salud pública por los olores pestilentes provenientes de las fosas. Entendían también que la exhibición de los osarios violaba la dignidad de los muertos y empezaron a criticar a la Iglesia que tomaba el dinero en las misas para la salvación de las almas, pero se desinteresaba de las tumbas de los que alguna vez estuvieron vivos. A comienzos del siglo XIX ya se proyectaba en Francia desplazar los cementerios, que habían quedado rodeados de viviendas por la expansión urbana, a las afueras de las ciudades. Fue a mediados del siglo XIX, que en ese país aparecieron las capillas de las cofradías y se adoptó en los cementerios la forma de panteón familiar en las inhumaciones, quedando reunidos por toda la eternidad bajo un mismo techo varias generaciones y distintos matrimonios.

En cuanto a nuestra ciudad de Buenos Aires, fue en 1820 que los terrenos de la Congregación Franciscana fueron expropiados por el gobierno de Martín Rodríguez y de su ministro Bernardino Rivadavia, para la construcción del primer cementerio público de la ciudad: el Cementerio del Norte hoy conocido como Cementerio de la Recoleta. Cuando en 1871 se declaró la fiebre amarilla, muchos porteños ricos que vivían en los barrios de San Telmo y Monserrat se mudaron a la zona norte de la ciudad, convirtiendo al Cementerio del Norte en el último lugar de descanso de las familias más poderosas y acaudaladas de Buenos Aires. Como a fines del siglo XIX y principios del XX estas familias admiraban y copiaban todo lo que procedía de Francia, posiblemente hayan imitado la costumbre de inhumar a sus familias en panteones que en el Cementerio de la Recoleta tomaron la forma de monumentos exquisitos, que convirtieron a esta necrópolis en un museo de estatuas al aire libre. Fue justamente durante la epidemia de fiebre amarilla que se prohibió en este Cementerio inhumar a las víctimas de la enfermedad, por lo que fueron destinadas cinco hectáreas conocidas como Chacarita de los Colegiales (lugar frecuentado por los alumnos del Real Colegio de San Carlos), para la construcción de un cementerio que se conoció como el “Cementerio Viejo”, hoy “Cementerio de la Chacarita”. Allí también quedó manifestado el gusto afrancesado de la época, donde tampoco se escatimó en arte y talento para la construcción de las bóvedas familiares.

Sobre si el alma reencarna, se va al cielo, al infierno, al purgatorio o  si vuelve al final de los tiempos y recupera el cuerpo, o simplemente se diluye en el tao, es un enigma que permanece sin resolver. Pero me quedo con lo que dijo Philippe Aries “el hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que era un muerto en suspenso (y) que el plazo era corto (…) ese hombre tenía una pasión por la vida que hoy nos cuesta trabajo comprender, acaso porque la nuestra se ha vuelto más larga” y porque quizá muy en secreto, desafiando toda lógica, estamos convencidos de que como los Dioses, nunca vamos a morir.

A 60 años de su desaparición física, dedicado a la Señora Eva Duarte de Perón, donde quiera que esté.

Ahora ya lo sabés
Lic. Alicia Di Gaetano

Bibliografía

· Ariès, Philippe, Morir en Occidente, desde la Edad Media hasta nuestros días, Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2012.
· Huizinga, Johan, El otoño de la Edad Media, Madrid, Selecta de Revista de Occidente, 1965

sábado, 21 de julio de 2012

CUMPLEAÑOS DEL BLOG!!!

SÍ!!! POSTEANDO HISTORIA CUMPLE UN AÑO Y LO FESTEJAMOS ASÍ!!

POR ESTA SEMANA VOLVÉ A LEER ALGUNOS DE LOS TEXTOS QUE PUBLICAMOS EN ESTE TIEMPO.

GRACIAS! GRACIAS! Y NUEVAMENTE GRACIAS A TODOS USTEDES QUE NOS HAN SEGUIDO  A LO LARGO DE TODO ESTE AÑO Y LO CONTINÚAN HACIENDO!!!


jueves, 19 de julio de 2012

El pato salvaje (El juego nacional argentino)


Lectores! Posteando Historia cumple un año y lo festejamos publicando durante una semana nuestros post más leidos. Muchas, muchas gracias por comentar, compartir y acompañarnos. 

 

Pocos saben que El Pato es nuestro deporte nacional. Como las justas y torneos de los caballeros medievales en Europa, el pato requiere de eximios y valerosos jinetes a la hora de practicarlo, por eso este post tiene por objeto contarte los orígenes de este juego.

La primer noticia de este entretenimiento es de 1610, cuando se realizaron festejos por la beatificación del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, donde “se corrieron toros y jugaron cañas sesenta jinetes bien montados” la mitad de estos pintados como indios, al finalizar el día, “corrieron algunos patos, que a todos causó admiración”. Ese mismo año, tuvo lugar una partida entre los indios calchaquíes que desafiaron a los indios del valle de Guachipas, ganaron los primeros rematando la jornada hípica corriendo carreras de caballos.

El Pato a mediados del siglo XIX fue graficado por Salvaire (sacerdote misionero) “consistía en abrochar un cuero vacuno por todos los costados, poner dentro de él un pato y un ave cualquiera doméstica”, otras veces también se ponían objetos de valor. “La pelota de cuero tenía dos manijas de cuero trenzado y una tercera en la parte posterior. Lo jugaban dos bandos de jinetes, un jinete de cada bando tomaba una manija lateral de la pelota y se lanzaban al galope, sus respectivos bandos, en abigarrado tropel, iban en persecución con el objeto de agarrar la tercer manija, que una vez alcanzada había que defender bravamente ante los empellones y golpes de los adversarios”.

Este deporte que ocasionaba “algunas muertes repentinas, y otros muchos desórdenes, embriagueces y puñaladas” obligó a las autoridades coloniales a prohibirlo mediante bandos en 1778, 1784 y 1790, promulgados los últimos por el marqués de Sobremonte,  debido a la cantidad de contusos leves, graves y muertos que dejaban como saldo las bravías jornadas.

Pero el juego se siguió practicando y en 1796, la Iglesia tomó cartas en el asunto advirtiendo que “de lo mandado contra una diversión cristiana y opuesta al Precepto del Decálogo, en que se os ordena el recíproco amor al prójimo; previniéndoos como os prevenimos que, siempre que no diereis el debido obedecimiento a este mandato, seréis excomulgados y expulsados del Templo como miembros corrompidos y segregados del cuerpo místico de la Iglesia; negándoos sepultura eclesiástica a aquellos que por su desgracia llegasen a fenecer en tan bárbaro juego”.

Evidentemente el gusto por este deporte desafiaba cualquier límite civil o divino, ya que en 1806 tuvo lugar una partida de Pato en Luján, donde se encontraban detenidos los británicos que habían participado en las Invasiones Inglesas de ese año. En esa ocasión, el primer regimiento de húsares llevaron a cabo una partida de Pato iniciándose el juego cuando su capitán, Vicente Villafañe, lanzó el pato por encima de su hombro, mientras cruzaba al galope por el medio de sus soldados formados en dos filas enfrentadas, lo que llenó de admiración al brigadier sir Carr Beresford y a sus oficiales. El premio consistía en un par de espuelas de plata donadas por el coronel Pack.

El apego al juego continuó luego de la Independencia, posiblemente con el mismo nivel de violencia, ya que un decreto del 21 de junio de 1822 firmado por el entonces gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, señalaba que “todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez será destinado por un mes a los trabajos públicos; por dos meses en la segunda, y por seis en el tercera” y “quedarán sujetos a la indemnización de los daños que causaren”.

El general Garmendia a mediados del siglo XIX describió la previa a una partida de pato de la siguiente manera “los paisanos están desmontados, arreglando sus monturas, otros en actitud de espera, teniendo todos de las riendas de sus caballos; se han convidado a jugar al juego del pato y esperan la señal de la lucha divididos en dos bandos; los azules y los colorados van a ser actores en una fiesta de la fuerza bruta, de la destreza y del valor”. Jinetes y pingos, lucían para esas ocasiones las mejores prendas “riendas con virolas labradas y trenzadas, boleadoras de marfil encadenadas en los extremos con pasadores de oro” vistosos estribos y arreos. Los paisanos lucían “chaquetilla, chiripá y calzoncillo cribado; cinturón reluciente con monedas de oro y plata, cruzado por la parte de atrás con facones y dagas y calzando la clásica bota de potro sobada, con posadas espuelas”.

Como un actual periodista deportivo, Garmendia relataba: “los caballos en confuso tropel, se juntan, se separan, dando tirones hercúleos y pechadas bestiales”, los jinetes caían y volvían de un salto a ocupar su posición sobre la cabalgadura. Cuando el pato caía, lo recogían del suelo y pasaba de mano en mano, hasta que un jinete lo aferraba con destreza y partía en carrera veloz, “principia en este momento una lucha tan confusa, envuelta en una masa de polvo y el rumor cavernoso del suelo pisoteado, que es imposible describirla”, se cae uno y veinte más quedan tendidos en el suelo. En medio de un griterío ensordecedor, el juego finalizaba cuando el jinete alcanzaba la meta llevando en alto el trofeo que arrojaba a la concurrencia diciendo “Ahí tienen el pato, venga el baile!”. Y ahí nomás se armaba el bailongo.

El Pato carecía de normas siendo reglamentado en 1937, entonces un Decreto de 1938 que señalaba “en la actualidad es un deporte sano y vigoroso, similar al polo” dejó sin efecto el reglamento de 1889 de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que prohibía la práctica del juego.

Este deporte maravilloso que como vimos desconocían los ingleses que quedaron “admirados” al ver la destreza que exigía la partida, no fue practicado por españoles ni británicos, ya que no lo jugaron ni lo juegan en la actualidad. Incluso si fuera un juego traído por los españoles, como las corridas de toros, El Pato se practicaría en el resto de Hispanoamérica.

El Pato nació de las entrañas de las habilidades, la gallardía y la maestría demostrada por nuestros indios y gauchos en el manejo del caballo (introducido en América por los españoles). Este entretenimiento de jinetes eximios, fue declarado deporte nacional el 16 de septiembre de 1953, mediante el Decreto 17.468, “EL PATO, con exclusión de cualquier otro debe declarárselo “DEPORTE NACIONAL”, que es deber del Estado velar por que las nobles costumbres de raíz histórica pura como lo es “EL PATO”, sean amparadas y apoyadas oficialmente, exaltando el sentimiento de nacionalidad y amor sobre lo realmente autóctono” Firmado Juan D. Perón.

Finalmente, en 1941, se creó la Federación Argentina de Pato (FAP), cuya finalidad es fomentar, dirigir y difundir el juego de El Pato, así como “organizar torneos y velar por la aplicación de los reglamentos, a la vez que orientar y promover la crianza del tipo de caballo más apto para este propósito”.

Ahora ya lo sabés!
Lic. Alicia Di Gaetano
Bibliografía:
Torre Revelo, José, Crónicas del Buenos Aires colonial, Buenos Aires, Taurus, 2004
Página web www.pato.org.ar

jueves, 12 de julio de 2012

Blanco, pureza. Amarillo, inteligencia


¿Quién en algún momento de su vida no ha leído el horóscopo o ha buscado alguna página tarotista para predecir su futuro o saber qué le depara el día o la vida? Movidos, tal vez, por la curiosidad, la incertidumbre o por la búsqueda de la certeza, un sinnúmero de personas encuentra una especie de “tranquilidad mental” que las ayuda a seguir adelante. Sin embargo, este comportamiento humano no es algo novedoso. El hombre desde tiempos antiguos ha buscado en la figura del brujo, bruja, sacerdote o chamán, la serenidad que ha perdido y la seguridad de que sus actos son “justos”.



En la época medieval, a pesar de la conciencia religiosa y el “temor a Dios” característicos, la interpretación de signos y símbolos condicionaba la vida de los pueblos. No es para menos si tenemos en cuenta que se trató de una época plagada de guerras y pestes por lo que la voluntad humana no sólo se aferraba a la cruz sino también a todo aquello que develara un mensaje que les permitiera a la vez, obtener el conocimiento de ellos mismos. Así fue que la influencia de este simbolismo se difundió a partir de los siglos XII y XIII gracias a una amplia profusión de la heráldica o ciencia que estudia la armería.



Con respecto al significado de los números por ejemplo, el 2 significaba la dualidad: luz-obscuridad, carne-espíritu, etc.; el 3 evocaba la Trinidad divina o humana: cuerpo, alma y espíritu. El 4, nacido del quebrantamiento de la perfección de la Trinidad por una unidad, simbolizaba el mundo espacial: los cuatro jinetes del Apocalipsis, provenientes de una única fuente, Cristo; los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, las cuatro letras del nombre de Adán, etc. De la combinación del 4 y el 3, es decir, de la combinación de la idea de espacio y de mundo sacro, devenía el 12 que simbolizaba el tiempo cumplido: 12 apóstoles, 12 signos del zodiaco, 12 meses, etc. El 5 indicaba la voluntad y el 7, lo sagrado, la perfección: los siete días de la semana, las siete maravillas del mundo, los siete colores. Por último, el 8 simbolizaba la Resurrección.  



Las figuras geométricas también tenían su significado. El círculo, perfecto, homogéneo, sin principio y fin, se lo atribuía al “orden celeste”, a ese inmutable y continuo recorrido de los planetas, de las estrellas, relacionándoselo  también con el tiempo, el ciclo y el eterno retorno. Su  centro se asociaba a la idea de Creación, de orden, en torno a la cual todo se organizaba. El cuadrado representaba la estabilidad debido a la firmeza de sus cuatro ángulos apoyados en el espacio.



Una gran parte del simbolismo medieval descansaba en estos números y figuras. Por ejemplo, el paraíso terrestre era representado como un círculo en cuyo centro se encontraba la famosa fuente cuadrada. Mientras que la “Jerusalén Celestial” era un cuadrado con cuatro grupos de tres puertas también cuadradas enmarcadas por círculos. Pero el elemento unificador era la cruz que derivaba de la combinación de los puntos diametralmente opuestos del cuadrado inserto en un círculo, lo que simbolizaba la presencia de Dios en los cielos y en la tierra.



Tridimensionalmente, el círculo y el cuadrado, se transforman en cubos y esferas, elementos bases de la arquitectura románica, muy medieval, muy religiosa, muy temerosa de lo divino. Una arquitectura austera y magistral que invitaba a la oración y a la reflexión, a la enseñanza y a la advertencia, evitando caer en las tentaciones y distracciones por miedo a padecer los tormentos del Infierno por toda la eternidad.



Los colores también tenían un significado para la mentalidad medieval. Por ejemplo, el negro, asociado al planeta Saturno, evocaba la muerte, lo tenebroso y la tristeza; el rojo, vinculado a Marte, era el color de la guerra y la victoria; el blanco simbolizaba la pureza, la rectitud y la franqueza. El amarillo, la inteligencia y el juicio. El verde, asociado al planeta seductor Venus, representaba la esperanza. Y el azul, Júpiter, y el violeta o púrpura, Mercurio, evocaban el cielo.



El hombre de aquella época también era consciente del cosmos que lo rodeaba. No había astro en el firmamento que no tuviera significado. Se creía que aquellos más cercanos y de dimensiones más imponentes, tenían una influencia mayor en el entorno. Un cometa, una estrella fugaz, un eclipse, hasta un diluvio; todo era reconocido e interpretado ya que auguraba un mensaje divino el cual repercutiría directamente en la vida.



Unido también a la astrología, el destino de cada individuo dependía del planeta y signo en donde se encontraba en el momento de su nacimiento.  Por ejemplo, si la persona nacía bajo el signo de Venus, el planeta del amor, de la astucia, de la delicia y el gozo, sería de sentimientos débiles. De pequeño sería amado para luego transformarse en una persona orgullosa y vil que cometería acciones mezquinas. Por el contrario, el planeta Saturno regía sobre los hombres flacos, negros, sin barba, lentos y de escasa voluntad, mientras que Júpiter, encuadraba a aquellos bondadosos, gentiles, afectuosos, barbudos, pero un poco calvos.



A la influencia del planeta se adjuntaba aquella del signo. Por ejemplo, si Géminis estaba en la casa de Venus al momento del nacimiento, esta persona sería pobre de por vida. Si se encontraba Cáncer, esta persona no sería ni rica ni pobre pero sí longeva. Y si estuviera Leo, esta persona sería rica, estimada y viviría por muchos años.



Los bestiarios también tenían significado simbólico. Ya fuera llevar como colgante alguna piedra en especial, ver un animal, evocarlo o  representarlo, permitía al hombre tomar su fuerza y mimetizarse con su significado. Por ejemplo, la rosa recordaba a la Virgen María; la manzana al mal; la mandrágora a la lujuria y al demonio; y la vid al Cristo. La totora, simple y casta, representaba a “la Iglesia de la cual Dios es su esposo”. El águila, por su fuerza y nobleza, solía representar valores positivos, inclusive al propio Jesucristo. En ocasiones se representa capturando con sus garras o pico a un conejo o a una liebre. Esta escena simbolizaba el poder de Dios sobre el hombre. La imagen con sus crías a las que no cuidaba si éstas no soportaban la vista al sol, enseñaba a renegar de nuestros hijos si no se disponían a servir a Dios. El león, símbolo de valor y fuerza, representaba la divinidad, Hijo de la Santa Madre, Rey del Mundo. Su larga cola, por ejemplo, evocaba que la humanidad estaba sujeta al juicio divino. La paloma, símbolo del anhelo del espíritu por alejarse de lo terrenal en busca de valores más altos, si aparecía sobre un arco, simbolizaba la eternidad. El unicornio, simbolizaba la pureza y virginidad. Se pensaba que su cuerno brindaba protección contra toda enfermedad y veneno. Se lo administraba en forma de polvo en las comidas y bebidas, pagándose altas sumas por él.



Algunos de los animales asociados al mal eran la serpiente, símbolo del pecado y del diablo; la liebre y el conejo relacionados con la lujuria por su fertilidad; el jabalí y el cerdo por ser animales sucios y perezosos, además de estar también relacionados con los placeres carnales, entre otros.



La simbología era tomada tan en serio que hasta en la heráldica, aquella flora y fauna que representaban defectos, debilidades o características humildes en los hombres, eran removidas de los escudos y armas nobiliarios ya que como venimos observando, todo era un mensaje a transmitir. Por ejemplo, si el caballero portaba una espada de doble hoja a punta, entonces éste era puro y estaba bendecido para matar a los enemigos de la Santa Iglesia. El nombre inciso al interno simbolizaba que Jesús debía estar siempre presente en su memoria mientras que el mango redondo simbolizaba al mundo que el caballero veneraba. Hasta las cuatro patas del caballo tenían un significado, evocando las cuatro virtudes: justicia, sabiduría, fuerza y moderación. 



La mayoría de estos símbolos eran explicados elementalmente, casi siempre por los clérigos, a aquellos carentes de instrucción para que, por medio de  las imágenes, pudieran ser capaces de descifrar el significado. Imaginemos el temor que causaría en aquellos que observaran en los templos y catedrales, casas de instrucción para aquellos más pobres, a los dragones, criaturas demoníacas enemigas de Dios, o a los basiliscos,  animales formados por una cabeza monstruosa con cresta de gallo unida a cuerpo con dos patas y cola de serpiente que mataban con la mirada y el aliento, siendo los encargados de transportar las almas de los condenados al infierno y simbolizando la muerte y al propio diablo. Así lo refleja claramente, una mujer del “Quattrocento” cuando afirmaba lo siguiente: “Soy una mujer pobre y anciana, no sé nada, no sé leer. En el monasterio que frecuento veo pintado un paraíso donde hay arpas y laúdes, y un infierno donde se calcinan los condenados. Uno me da miedo, el otro gozo y alegría.”



En resumen, la cosmovisión medieval asimilaba el mensaje continuo dado por su entorno el cual debía ser captado y asumido para poder comprender los vaivenes de la vida. Sea a través de una imagen, letra, símbolo, animal o vegetación; todo era instrumento de comunicación entre el hombre y lo divino, entre el hombre y lo sobrenatural.



Lic. Andrea Manfredi



Bibliografía:



-         Delort, Robert, La vita quotidiana nel Medioevo, Roma-Bari, Editori Laterza, 2011, 8va ed.



-         “Bestiario Medieval” en: www.arteguias.com

Imágenes extraídas de:

Capitel caballeros: hispavista.com

Caballero con criatura: www.ordendeltemple.net

León: www.echoppemedievale.com

Grifo: www.arteguias.com

Unicornio: bestiarium.wordpress.com

Jerusalén celestial: caputanguli.blogspot.com.ar