jueves, 26 de julio de 2012

De necrópolis y camposantos

En general, si hay un tema que provoca angustia a las personas es el de la muerte, sea la propia o la de sus seres queridos. Independientemente de las creencias sobre si el alma existe y en ese caso qué sucede con ella, al momento del fallecimiento de una persona los deudos se enfrentan a una cuestión no menor: qué hacer con el cuerpo del difunto. En el mundo cristiano occidental según fueron pasando los siglos, las formas de inhumación se fueron modificando, hasta alcanzar lo que hoy conocemos como cementerio y de eso se trata este post.

En la Antigüedad pagana y en la cristiana, los vivos debían estar separados de los muertos, porque uno de los objetivos de los cultos funerarios era impedir que los difuntos “volvieran a perturbar” a los vivos. Esta fue una de las razones por las que La ley romana de las Doce Tablas, escrita entre los años 450 y 451 a.C., prohibió los enterramientos dentro de la ciudad. Por eso se instalaron los cementerios al costado de las rutas como en la Via Appia, en Roma. Pero a partir del siglo II las inhumaciones comenzaron a realizarse en las ciudades, en necrópolis suburbanas, donde los mártires junto con cristianos y paganos aún descansan el sueño eterno. Máximo de Torino en el siglo V sostenía que los mártires cuidaban a los vivos y protegían a los muertos.

Aún no está del todo claro cómo los cementerios entraron en las iglesias, pero sí se sabe cómo fue en el caso de Amiens (Francia). El obispo de San Vaast había elegido su sepultura fuera de la ciudad y cuando en el 540 falleció, los sacerdotes quisieron levantar su cuerpo para trasladarlo, pero se había vuelto tan pesado que resultaba imposible moverlo. Cuando decidieron dejarlo en la Catedral, el cuerpo se volvió liviano y a partir de ese acontecimiento, la separación entre abadía y cementerio quedó borrada. De ahí en más, el clero empezó a ser inhumado dentro de las iglesias compuestas por la nave, el campanario y el cementerio, palabra ésta que designó la parte de afuera del edificio, es decir, el atrio originariamente sinónimo de osario.

Pero no sólo el clero, también los más ricos empezaron a ser enterrados dentro de la iglesia, bajo las baldosas. A medida que avanzaron los siglos, los cadáveres de los nobles comenzaron a ocupar distintas partes de los templos. Eran depositados en sepulturas artísticamente ornamentadas, siempre con motivos religiosos y en muchos casos se esculpía encima la figura del difunto, tal como las podemos apreciar hoy en día en todas las abadías, catedrales e iglesias europeas. Pongo como ejemplo, por ser una de las historias más románticas del mundo, las tumbas del rey Pedro I de Portugal y de Inés de Castro. Como Pedro se casó en secreto con Inés, que era la dama de compañía de su futura segunda esposa (una infanta española) su padre el rey Alfonso IV, ordenó asesinar a Inés en 1355. Cuando en 1357 Pedro fue ungido rey de Portugal, hizo exhumar el cadáver de su enamorada y a pesar de que la señora sin dudas ya no olía tan bien, ni se veía tan hermosa, hizo coronar el cadáver a su lado. Los cuerpos de Inés y de Pedro, que murió en 1367, fueron depositados en dos tumbas enfrentadas, ubicadas en el transepto del Monasterio de Alcobaza (Portugal) para que cuando llegara el fin de los tiempos y despertaran del largo sueño de la muerte, fueran sus rostros amados lo primero en ver. ¿No es una historia de amor de película?

Durante la Edad Media, las tumbas fueron ornamentadas primero con imágenes del Apocalipsis y de un Cristo rodeado por los cuatro evangelistas al final de los tiempos; y con la resurrección de los muertos después. Hacia el siglo XII a estas escenas se le agregó la de Cristo sentado como un juez rodeado de apóstoles, juzgando a cada hombre por sus acciones buenas y malas. Le debemos a las órdenes mendicantes del siglo XIV suponer que al momento de morir, nuestra vida entera pasa por nuestra mente como en un film. La iconografía del siglo XVI nos muestra al moribundo acostado, rodeado de sus amigos y parientes y de toda la corte celestial, la Virgen y la Trinidad de un lado y del otro Satanás con su ejército de demonios, esperando el final del juicio para quedarse con el alma. Fue en ese mismo siglo cuando Felipe II de España mandó a construir el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un complejo multifuncional, monacal y palaciego, que posee bajo su capilla principal las tumbas de los reyes, reinas e infantes españoles desde Felipe II hasta ahora, (Austrias y Borbones) que se conoce como Panteón de los Reyes.

Por el contrario, el camposanto estaba reservado a los pobres que eran apilados en fosas profundas y grandes llamadas osarios, sin ataúd, simplemente envueltos en sus sudarios. Cuando la fosa se llenaba, se reabría otra más antigua de la que se sacaban los huesos secos que se trasladaban a otros osarios. Son estos huesos (fémures, húmeros y calaveras, etc.) sacados de las fosas, los utilizados en el barroco macabro del siglo XVIII, que expuestos en algunas iglesias en forma artística, tapizaban paredes, columnas y arcadas. Tal es el caso de la Capelas de Ossos (Capilla de los Huesos) en la Arquidiócesis de Évora, Portugal (da escalofrío entrar, especialmente porque en el ingreso dice “los huesos que aquí estamos, los estamos esperando”). En realidad hasta los siglos XVI y XVII, a la gente poco le importaba dónde estaban los huesos con tal de que estuvieran cerca del altar del Santísimo Sacramento o de la Virgen.

Durante el Siglo de las Luces (siglo XVIII) surgió una especie de fascinación por la muerte y por el misterio que separa el fin de la vida y el comienzo de la descomposición, que quedó plasmada en representaciones de esqueletos y momias. Hacia mediados del Siglo, las personas “ilustradas” imbuidas de la filosofía racional, empezaron a notar que la acumulación de muertos en las iglesias comprometía la salud pública por los olores pestilentes provenientes de las fosas. Entendían también que la exhibición de los osarios violaba la dignidad de los muertos y empezaron a criticar a la Iglesia que tomaba el dinero en las misas para la salvación de las almas, pero se desinteresaba de las tumbas de los que alguna vez estuvieron vivos. A comienzos del siglo XIX ya se proyectaba en Francia desplazar los cementerios, que habían quedado rodeados de viviendas por la expansión urbana, a las afueras de las ciudades. Fue a mediados del siglo XIX, que en ese país aparecieron las capillas de las cofradías y se adoptó en los cementerios la forma de panteón familiar en las inhumaciones, quedando reunidos por toda la eternidad bajo un mismo techo varias generaciones y distintos matrimonios.

En cuanto a nuestra ciudad de Buenos Aires, fue en 1820 que los terrenos de la Congregación Franciscana fueron expropiados por el gobierno de Martín Rodríguez y de su ministro Bernardino Rivadavia, para la construcción del primer cementerio público de la ciudad: el Cementerio del Norte hoy conocido como Cementerio de la Recoleta. Cuando en 1871 se declaró la fiebre amarilla, muchos porteños ricos que vivían en los barrios de San Telmo y Monserrat se mudaron a la zona norte de la ciudad, convirtiendo al Cementerio del Norte en el último lugar de descanso de las familias más poderosas y acaudaladas de Buenos Aires. Como a fines del siglo XIX y principios del XX estas familias admiraban y copiaban todo lo que procedía de Francia, posiblemente hayan imitado la costumbre de inhumar a sus familias en panteones que en el Cementerio de la Recoleta tomaron la forma de monumentos exquisitos, que convirtieron a esta necrópolis en un museo de estatuas al aire libre. Fue justamente durante la epidemia de fiebre amarilla que se prohibió en este Cementerio inhumar a las víctimas de la enfermedad, por lo que fueron destinadas cinco hectáreas conocidas como Chacarita de los Colegiales (lugar frecuentado por los alumnos del Real Colegio de San Carlos), para la construcción de un cementerio que se conoció como el “Cementerio Viejo”, hoy “Cementerio de la Chacarita”. Allí también quedó manifestado el gusto afrancesado de la época, donde tampoco se escatimó en arte y talento para la construcción de las bóvedas familiares.

Sobre si el alma reencarna, se va al cielo, al infierno, al purgatorio o  si vuelve al final de los tiempos y recupera el cuerpo, o simplemente se diluye en el tao, es un enigma que permanece sin resolver. Pero me quedo con lo que dijo Philippe Aries “el hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que era un muerto en suspenso (y) que el plazo era corto (…) ese hombre tenía una pasión por la vida que hoy nos cuesta trabajo comprender, acaso porque la nuestra se ha vuelto más larga” y porque quizá muy en secreto, desafiando toda lógica, estamos convencidos de que como los Dioses, nunca vamos a morir.

A 60 años de su desaparición física, dedicado a la Señora Eva Duarte de Perón, donde quiera que esté.

Ahora ya lo sabés
Lic. Alicia Di Gaetano

Bibliografía

· Ariès, Philippe, Morir en Occidente, desde la Edad Media hasta nuestros días, Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2012.
· Huizinga, Johan, El otoño de la Edad Media, Madrid, Selecta de Revista de Occidente, 1965

sábado, 21 de julio de 2012

CUMPLEAÑOS DEL BLOG!!!

SÍ!!! POSTEANDO HISTORIA CUMPLE UN AÑO Y LO FESTEJAMOS ASÍ!!

POR ESTA SEMANA VOLVÉ A LEER ALGUNOS DE LOS TEXTOS QUE PUBLICAMOS EN ESTE TIEMPO.

GRACIAS! GRACIAS! Y NUEVAMENTE GRACIAS A TODOS USTEDES QUE NOS HAN SEGUIDO  A LO LARGO DE TODO ESTE AÑO Y LO CONTINÚAN HACIENDO!!!


viernes, 20 de julio de 2012

YIRA... YIRA... (como dice la canción de Enrique Santos Discépolo)


Desde siempre y en distintas culturas, las mujeres fueron víctimas de la explotación sexual esclava. En Argentina, las redes de trata de personas que en los siglos XIX y XX se conocieron como “trata de blancas”, encontraron en este delito una fuente de abundantes ganancias. En este post te voy a contar muy someramente cómo era la prostitución en Buenos Aires desde fines del siglo XIX hasta casi mediados del sigo XX. 


A partir del último cuarto del siglo XIX en nuestro país se produjo el “aluvión inmigratorio” compuesto en su mayoría por varones. Algunos hombres que venían a probar fortuna viajaban solos para posteriormente traer a sus familias que habían quedado en la lejana Europa. Otros eran solteros y tenían esperanzas de encontrar en nuestra tierra, además de trabajo, una compañera proveniente de su patria con quien compartir su vida. Esta masiva inmigración masculina favoreció la explotación sexual de mujeres extranjeras, cuyos proxenetas se beneficiaron económicamente gracias a que las autoridades argentinas hacían la “vista gorda”.


Ya en 1878, el pasquín El Puente de los Suspiros mencionaba el tráfico de mujeres extranjeras para el negocio de la prostitución, pero la publicación no fue tomada en serio. Sin embargo, en 1870 los dueños del teatro Alcázar fueron acusados de “subastar” mujeres en el escenario de la sala. En 1906 ya se había constituido la Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia que en 1929 se denominó Sociedad de Socorros Mutuos y Cementerio Zwi Migdal. Esta sociedad en realidad era una organización criminal de trata de personas, que engañaba a las familias judías de Polonia convenciéndolas de las ventajas de casar a sus jovencitas con inmigrantes radicados en Argentina. Estas mujeres que eran virtualmente compradas, llegaban al Río de la Plata en barco, luego las pasaban por Paysandú, por Colón y finalmente arribaban a Buenos Aires. Muchos barcos de bandera alemana eran utilizados para traer mujeres de la Europa del Este. 


Una vez en la ciudad se las “subastaba o remataba” fijando su precio en libras esterlinas. Estas mujeres, al igual que hoy en día, eran sometidas a un proceso de “ablandamiento”, que incluía desde la violación sexual hasta la agresión física y psíquica para obligarlas a prostituirse. A las más rebeldes se las castigaba enviándolas a prostíbulos del interior para luego ser trasladadas a la Capital Federal o a sus alrededores, según lo requiriera la organización.


Pero no todas las mujeres que venían a Buenos Aires eran de Europa del Este, ni tampoco venían todas engañadas. Hacia 1910, un ejército de prostitutas francesas invadió el país. Estas jóvenes no venían a través de organizaciones criminales, sino con sus explotadores individuales “maquereaux o macrós o cafishos”. Estos proxenetas franceses negociaban la compra venta de franchutas (palabra compuesta por francesa y prostituta) en lugares tan distinguidos como el entrepiso del Pasaje Güemes en plena calle Florida y en la trastienda de una librería en la calle Cerrito. Como había una cantidad tan grande de prostitutas, empezaron a proliferar los burdeles “maisons francaises” que contaban con un plantel de hasta 25 mujeres, por lo que a partir de 1870 las “nuevas casas” que se instalaran debían poseer una licencia para poder operar. Más tarde, se empezó a realizar un control periódico a las mujeres que se prostituían en esas “casas”, no tanto para limitar la prostitución sino para evitar el contagio de enfermedades venéreas, creándose para este fin en 1888 un Dispensario de Salubridad. 


No era difícil encontrar un burdel en Buenos Aires, sólo había que buscar un farolito rojo en la puerta de una “casa”, ya que todos sabían que de ese modo se individualizaban los prostíbulos. En el barrio de Montserrat, sobre la calle Aroma o Calle del Pecado, había un prostíbulo al lado del otro y en Constitución los lupanares estaban alrededor del Arsenal de Guerra. En la Boca las calles preferidas de los prostíbulos eran del Centenario, Brandsen, Pinzón, Suarez, Olavaria y Necochea. Desde la ex calle Cangallo (actual Perón) hasta Tucumán sobre Libertad, había burdeles donde también se bailaba. 


A las mujeres explotadas en esos lupanares se las llamaba “pupilas” porque vivían internadas en el lugar y siempre debían estar alegres y pulcras. Para disimular estas “casas” ilegales se fueron estableciendo bares y cafetines, algunos contaban con orquestas de señoritas y bailarinas, que proliferaron particularmente en la calle Corrientes, al igual que las cigarrerías con “vuelto al fondo”. Hacia 1910 se expandieron los cabarets, algunos lujosos y caros, que eran frecuentados por la “gente bien”, particularmente en Barrio Norte.  


La Asociación Nacional contra la Trata de Personas que formaba parte de la Liga Abolicionista Internacional, fue fundada en 1903 en Buenos Aires para evitar la explotación sexual, pero sólo logró aumentar la edad mínima de las prostitutas de 16/18 a 22 años y limitar en 3 la cantidad de mujeres en cada burdel. A pesar de que las autoridades corruptas no hacían cumplir estas normas, la Asociación rescató varias jóvenes que habían llegado engañadas a Buenos Aires. En 1908, gracias a la creación del Comité Argentino de Moralidad Pública fueron repatriadas muchas menores que habían sido traídas al país embaucadas “para casarse”. 


El problema de la trata de mujeres se había tornado casi incontrolable, por lo que el entonces diputado socialista Alfredo Palacios tomó cartas en el asunto y elaboró un proyecto de ley que se conocería como “ley Palacios” por la que se establecían sanciones desde reclusión, pérdida de ciudadanía y hasta deportación (en caso de extranjeros) para los traficantes de mujeres. En 1919, una ordenanza dispuso que no podía haber más de un burdel por cuadra y prohibió a “las madamas” o regentes (proxenetas femeninas que estaban a cargo del prostíbulo) . Entonces podían verse señores haciendo fila en las puertas de los lupanares, bailando tango entre ellos mientras esperaban ser “atendidos”.Pero estas medidas no alcanzaron y de hecho empeoraron la situación porque en 1923 el número de 187 “casas de tolerancia” registradas se incrementó a 335, aumentando también el número de mujeres explotadas. 


La prostitución no declinaría hasta 1929 cuando una mujer, Raquel Liberman, denunció valientemente en la justicia a los dirigentes de la organización por corrupción, estafa, extorsión y asociación ilícita. Esta denuncia tomó estado público a través de los medios de comunicación, y el escándalo hizo que policías y jueces honestos sacaran a la luz el tráfico de mujeres que se venía realizando en todo el territorio nacional. Los traficantes y los cafishos fueron condenados y la organización quedó desarticulada. El 30 de diciembre de 1935 se sancionó la Ley 12.331 que cerró las casas de tolerancia en todo el país, logrando así que el gigantesco comercio que giraba en torno a la trata, lentamente se fuera extinguiendo. A partir del año 2003, el tema de la Trata de personas se instaló en la agenda gubernamental y recién en el año 2008, se promulgó y sancionó la Ley 26.364 de “Prevención y sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus víctimas”.


Desafortunadamente, la trata de personas sigue siendo en nuestros días un negocio mundialmente rentable, el tercero después del narcotráfico y la venta ilegal de armas, que sigue valiéndose del engaño o el rapto para proveerse de víctimas cada vez más vulnerables, como los niños y las niñas.

Ahora ya lo sabés!
Lic. Alicia Di Gaetano

Referencias

Moya, José C., Primos y extranjeros. La inmigración española en Buenos Aires, 1850-1930, Buenos Aires, Emecé, 2004

“La vida clandestina” en Félix Luna [Director] Nuestro Siglo, Historia de la Argentina, Colombia, Editorial Sarmiento, 1992


jueves, 19 de julio de 2012

El pato salvaje (El juego nacional argentino)


Lectores! Posteando Historia cumple un año y lo festejamos publicando durante una semana nuestros post más leidos. Muchas, muchas gracias por comentar, compartir y acompañarnos. 

 

Pocos saben que El Pato es nuestro deporte nacional. Como las justas y torneos de los caballeros medievales en Europa, el pato requiere de eximios y valerosos jinetes a la hora de practicarlo, por eso este post tiene por objeto contarte los orígenes de este juego.

La primer noticia de este entretenimiento es de 1610, cuando se realizaron festejos por la beatificación del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, donde “se corrieron toros y jugaron cañas sesenta jinetes bien montados” la mitad de estos pintados como indios, al finalizar el día, “corrieron algunos patos, que a todos causó admiración”. Ese mismo año, tuvo lugar una partida entre los indios calchaquíes que desafiaron a los indios del valle de Guachipas, ganaron los primeros rematando la jornada hípica corriendo carreras de caballos.

El Pato a mediados del siglo XIX fue graficado por Salvaire (sacerdote misionero) “consistía en abrochar un cuero vacuno por todos los costados, poner dentro de él un pato y un ave cualquiera doméstica”, otras veces también se ponían objetos de valor. “La pelota de cuero tenía dos manijas de cuero trenzado y una tercera en la parte posterior. Lo jugaban dos bandos de jinetes, un jinete de cada bando tomaba una manija lateral de la pelota y se lanzaban al galope, sus respectivos bandos, en abigarrado tropel, iban en persecución con el objeto de agarrar la tercer manija, que una vez alcanzada había que defender bravamente ante los empellones y golpes de los adversarios”.

Este deporte que ocasionaba “algunas muertes repentinas, y otros muchos desórdenes, embriagueces y puñaladas” obligó a las autoridades coloniales a prohibirlo mediante bandos en 1778, 1784 y 1790, promulgados los últimos por el marqués de Sobremonte,  debido a la cantidad de contusos leves, graves y muertos que dejaban como saldo las bravías jornadas.

Pero el juego se siguió practicando y en 1796, la Iglesia tomó cartas en el asunto advirtiendo que “de lo mandado contra una diversión cristiana y opuesta al Precepto del Decálogo, en que se os ordena el recíproco amor al prójimo; previniéndoos como os prevenimos que, siempre que no diereis el debido obedecimiento a este mandato, seréis excomulgados y expulsados del Templo como miembros corrompidos y segregados del cuerpo místico de la Iglesia; negándoos sepultura eclesiástica a aquellos que por su desgracia llegasen a fenecer en tan bárbaro juego”.

Evidentemente el gusto por este deporte desafiaba cualquier límite civil o divino, ya que en 1806 tuvo lugar una partida de Pato en Luján, donde se encontraban detenidos los británicos que habían participado en las Invasiones Inglesas de ese año. En esa ocasión, el primer regimiento de húsares llevaron a cabo una partida de Pato iniciándose el juego cuando su capitán, Vicente Villafañe, lanzó el pato por encima de su hombro, mientras cruzaba al galope por el medio de sus soldados formados en dos filas enfrentadas, lo que llenó de admiración al brigadier sir Carr Beresford y a sus oficiales. El premio consistía en un par de espuelas de plata donadas por el coronel Pack.

El apego al juego continuó luego de la Independencia, posiblemente con el mismo nivel de violencia, ya que un decreto del 21 de junio de 1822 firmado por el entonces gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, señalaba que “todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez será destinado por un mes a los trabajos públicos; por dos meses en la segunda, y por seis en el tercera” y “quedarán sujetos a la indemnización de los daños que causaren”.

El general Garmendia a mediados del siglo XIX describió la previa a una partida de pato de la siguiente manera “los paisanos están desmontados, arreglando sus monturas, otros en actitud de espera, teniendo todos de las riendas de sus caballos; se han convidado a jugar al juego del pato y esperan la señal de la lucha divididos en dos bandos; los azules y los colorados van a ser actores en una fiesta de la fuerza bruta, de la destreza y del valor”. Jinetes y pingos, lucían para esas ocasiones las mejores prendas “riendas con virolas labradas y trenzadas, boleadoras de marfil encadenadas en los extremos con pasadores de oro” vistosos estribos y arreos. Los paisanos lucían “chaquetilla, chiripá y calzoncillo cribado; cinturón reluciente con monedas de oro y plata, cruzado por la parte de atrás con facones y dagas y calzando la clásica bota de potro sobada, con posadas espuelas”.

Como un actual periodista deportivo, Garmendia relataba: “los caballos en confuso tropel, se juntan, se separan, dando tirones hercúleos y pechadas bestiales”, los jinetes caían y volvían de un salto a ocupar su posición sobre la cabalgadura. Cuando el pato caía, lo recogían del suelo y pasaba de mano en mano, hasta que un jinete lo aferraba con destreza y partía en carrera veloz, “principia en este momento una lucha tan confusa, envuelta en una masa de polvo y el rumor cavernoso del suelo pisoteado, que es imposible describirla”, se cae uno y veinte más quedan tendidos en el suelo. En medio de un griterío ensordecedor, el juego finalizaba cuando el jinete alcanzaba la meta llevando en alto el trofeo que arrojaba a la concurrencia diciendo “Ahí tienen el pato, venga el baile!”. Y ahí nomás se armaba el bailongo.

El Pato carecía de normas siendo reglamentado en 1937, entonces un Decreto de 1938 que señalaba “en la actualidad es un deporte sano y vigoroso, similar al polo” dejó sin efecto el reglamento de 1889 de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que prohibía la práctica del juego.

Este deporte maravilloso que como vimos desconocían los ingleses que quedaron “admirados” al ver la destreza que exigía la partida, no fue practicado por españoles ni británicos, ya que no lo jugaron ni lo juegan en la actualidad. Incluso si fuera un juego traído por los españoles, como las corridas de toros, El Pato se practicaría en el resto de Hispanoamérica.

El Pato nació de las entrañas de las habilidades, la gallardía y la maestría demostrada por nuestros indios y gauchos en el manejo del caballo (introducido en América por los españoles). Este entretenimiento de jinetes eximios, fue declarado deporte nacional el 16 de septiembre de 1953, mediante el Decreto 17.468, “EL PATO, con exclusión de cualquier otro debe declarárselo “DEPORTE NACIONAL”, que es deber del Estado velar por que las nobles costumbres de raíz histórica pura como lo es “EL PATO”, sean amparadas y apoyadas oficialmente, exaltando el sentimiento de nacionalidad y amor sobre lo realmente autóctono” Firmado Juan D. Perón.

Finalmente, en 1941, se creó la Federación Argentina de Pato (FAP), cuya finalidad es fomentar, dirigir y difundir el juego de El Pato, así como “organizar torneos y velar por la aplicación de los reglamentos, a la vez que orientar y promover la crianza del tipo de caballo más apto para este propósito”.

Ahora ya lo sabés!
Lic. Alicia Di Gaetano
Bibliografía:
Torre Revelo, José, Crónicas del Buenos Aires colonial, Buenos Aires, Taurus, 2004
Página web www.pato.org.ar

jueves, 12 de julio de 2012

Blanco, pureza. Amarillo, inteligencia


¿Quién en algún momento de su vida no ha leído el horóscopo o ha buscado alguna página tarotista para predecir su futuro o saber qué le depara el día o la vida? Movidos, tal vez, por la curiosidad, la incertidumbre o por la búsqueda de la certeza, un sinnúmero de personas encuentra una especie de “tranquilidad mental” que las ayuda a seguir adelante. Sin embargo, este comportamiento humano no es algo novedoso. El hombre desde tiempos antiguos ha buscado en la figura del brujo, bruja, sacerdote o chamán, la serenidad que ha perdido y la seguridad de que sus actos son “justos”.



En la época medieval, a pesar de la conciencia religiosa y el “temor a Dios” característicos, la interpretación de signos y símbolos condicionaba la vida de los pueblos. No es para menos si tenemos en cuenta que se trató de una época plagada de guerras y pestes por lo que la voluntad humana no sólo se aferraba a la cruz sino también a todo aquello que develara un mensaje que les permitiera a la vez, obtener el conocimiento de ellos mismos. Así fue que la influencia de este simbolismo se difundió a partir de los siglos XII y XIII gracias a una amplia profusión de la heráldica o ciencia que estudia la armería.



Con respecto al significado de los números por ejemplo, el 2 significaba la dualidad: luz-obscuridad, carne-espíritu, etc.; el 3 evocaba la Trinidad divina o humana: cuerpo, alma y espíritu. El 4, nacido del quebrantamiento de la perfección de la Trinidad por una unidad, simbolizaba el mundo espacial: los cuatro jinetes del Apocalipsis, provenientes de una única fuente, Cristo; los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, las cuatro letras del nombre de Adán, etc. De la combinación del 4 y el 3, es decir, de la combinación de la idea de espacio y de mundo sacro, devenía el 12 que simbolizaba el tiempo cumplido: 12 apóstoles, 12 signos del zodiaco, 12 meses, etc. El 5 indicaba la voluntad y el 7, lo sagrado, la perfección: los siete días de la semana, las siete maravillas del mundo, los siete colores. Por último, el 8 simbolizaba la Resurrección.  



Las figuras geométricas también tenían su significado. El círculo, perfecto, homogéneo, sin principio y fin, se lo atribuía al “orden celeste”, a ese inmutable y continuo recorrido de los planetas, de las estrellas, relacionándoselo  también con el tiempo, el ciclo y el eterno retorno. Su  centro se asociaba a la idea de Creación, de orden, en torno a la cual todo se organizaba. El cuadrado representaba la estabilidad debido a la firmeza de sus cuatro ángulos apoyados en el espacio.



Una gran parte del simbolismo medieval descansaba en estos números y figuras. Por ejemplo, el paraíso terrestre era representado como un círculo en cuyo centro se encontraba la famosa fuente cuadrada. Mientras que la “Jerusalén Celestial” era un cuadrado con cuatro grupos de tres puertas también cuadradas enmarcadas por círculos. Pero el elemento unificador era la cruz que derivaba de la combinación de los puntos diametralmente opuestos del cuadrado inserto en un círculo, lo que simbolizaba la presencia de Dios en los cielos y en la tierra.



Tridimensionalmente, el círculo y el cuadrado, se transforman en cubos y esferas, elementos bases de la arquitectura románica, muy medieval, muy religiosa, muy temerosa de lo divino. Una arquitectura austera y magistral que invitaba a la oración y a la reflexión, a la enseñanza y a la advertencia, evitando caer en las tentaciones y distracciones por miedo a padecer los tormentos del Infierno por toda la eternidad.



Los colores también tenían un significado para la mentalidad medieval. Por ejemplo, el negro, asociado al planeta Saturno, evocaba la muerte, lo tenebroso y la tristeza; el rojo, vinculado a Marte, era el color de la guerra y la victoria; el blanco simbolizaba la pureza, la rectitud y la franqueza. El amarillo, la inteligencia y el juicio. El verde, asociado al planeta seductor Venus, representaba la esperanza. Y el azul, Júpiter, y el violeta o púrpura, Mercurio, evocaban el cielo.



El hombre de aquella época también era consciente del cosmos que lo rodeaba. No había astro en el firmamento que no tuviera significado. Se creía que aquellos más cercanos y de dimensiones más imponentes, tenían una influencia mayor en el entorno. Un cometa, una estrella fugaz, un eclipse, hasta un diluvio; todo era reconocido e interpretado ya que auguraba un mensaje divino el cual repercutiría directamente en la vida.



Unido también a la astrología, el destino de cada individuo dependía del planeta y signo en donde se encontraba en el momento de su nacimiento.  Por ejemplo, si la persona nacía bajo el signo de Venus, el planeta del amor, de la astucia, de la delicia y el gozo, sería de sentimientos débiles. De pequeño sería amado para luego transformarse en una persona orgullosa y vil que cometería acciones mezquinas. Por el contrario, el planeta Saturno regía sobre los hombres flacos, negros, sin barba, lentos y de escasa voluntad, mientras que Júpiter, encuadraba a aquellos bondadosos, gentiles, afectuosos, barbudos, pero un poco calvos.



A la influencia del planeta se adjuntaba aquella del signo. Por ejemplo, si Géminis estaba en la casa de Venus al momento del nacimiento, esta persona sería pobre de por vida. Si se encontraba Cáncer, esta persona no sería ni rica ni pobre pero sí longeva. Y si estuviera Leo, esta persona sería rica, estimada y viviría por muchos años.



Los bestiarios también tenían significado simbólico. Ya fuera llevar como colgante alguna piedra en especial, ver un animal, evocarlo o  representarlo, permitía al hombre tomar su fuerza y mimetizarse con su significado. Por ejemplo, la rosa recordaba a la Virgen María; la manzana al mal; la mandrágora a la lujuria y al demonio; y la vid al Cristo. La totora, simple y casta, representaba a “la Iglesia de la cual Dios es su esposo”. El águila, por su fuerza y nobleza, solía representar valores positivos, inclusive al propio Jesucristo. En ocasiones se representa capturando con sus garras o pico a un conejo o a una liebre. Esta escena simbolizaba el poder de Dios sobre el hombre. La imagen con sus crías a las que no cuidaba si éstas no soportaban la vista al sol, enseñaba a renegar de nuestros hijos si no se disponían a servir a Dios. El león, símbolo de valor y fuerza, representaba la divinidad, Hijo de la Santa Madre, Rey del Mundo. Su larga cola, por ejemplo, evocaba que la humanidad estaba sujeta al juicio divino. La paloma, símbolo del anhelo del espíritu por alejarse de lo terrenal en busca de valores más altos, si aparecía sobre un arco, simbolizaba la eternidad. El unicornio, simbolizaba la pureza y virginidad. Se pensaba que su cuerno brindaba protección contra toda enfermedad y veneno. Se lo administraba en forma de polvo en las comidas y bebidas, pagándose altas sumas por él.



Algunos de los animales asociados al mal eran la serpiente, símbolo del pecado y del diablo; la liebre y el conejo relacionados con la lujuria por su fertilidad; el jabalí y el cerdo por ser animales sucios y perezosos, además de estar también relacionados con los placeres carnales, entre otros.



La simbología era tomada tan en serio que hasta en la heráldica, aquella flora y fauna que representaban defectos, debilidades o características humildes en los hombres, eran removidas de los escudos y armas nobiliarios ya que como venimos observando, todo era un mensaje a transmitir. Por ejemplo, si el caballero portaba una espada de doble hoja a punta, entonces éste era puro y estaba bendecido para matar a los enemigos de la Santa Iglesia. El nombre inciso al interno simbolizaba que Jesús debía estar siempre presente en su memoria mientras que el mango redondo simbolizaba al mundo que el caballero veneraba. Hasta las cuatro patas del caballo tenían un significado, evocando las cuatro virtudes: justicia, sabiduría, fuerza y moderación. 



La mayoría de estos símbolos eran explicados elementalmente, casi siempre por los clérigos, a aquellos carentes de instrucción para que, por medio de  las imágenes, pudieran ser capaces de descifrar el significado. Imaginemos el temor que causaría en aquellos que observaran en los templos y catedrales, casas de instrucción para aquellos más pobres, a los dragones, criaturas demoníacas enemigas de Dios, o a los basiliscos,  animales formados por una cabeza monstruosa con cresta de gallo unida a cuerpo con dos patas y cola de serpiente que mataban con la mirada y el aliento, siendo los encargados de transportar las almas de los condenados al infierno y simbolizando la muerte y al propio diablo. Así lo refleja claramente, una mujer del “Quattrocento” cuando afirmaba lo siguiente: “Soy una mujer pobre y anciana, no sé nada, no sé leer. En el monasterio que frecuento veo pintado un paraíso donde hay arpas y laúdes, y un infierno donde se calcinan los condenados. Uno me da miedo, el otro gozo y alegría.”



En resumen, la cosmovisión medieval asimilaba el mensaje continuo dado por su entorno el cual debía ser captado y asumido para poder comprender los vaivenes de la vida. Sea a través de una imagen, letra, símbolo, animal o vegetación; todo era instrumento de comunicación entre el hombre y lo divino, entre el hombre y lo sobrenatural.



Lic. Andrea Manfredi



Bibliografía:



-         Delort, Robert, La vita quotidiana nel Medioevo, Roma-Bari, Editori Laterza, 2011, 8va ed.



-         “Bestiario Medieval” en: www.arteguias.com

Imágenes extraídas de:

Capitel caballeros: hispavista.com

Caballero con criatura: www.ordendeltemple.net

León: www.echoppemedievale.com

Grifo: www.arteguias.com

Unicornio: bestiarium.wordpress.com

Jerusalén celestial: caputanguli.blogspot.com.ar

jueves, 5 de julio de 2012

EL JUSTO


Les propongo que antes de comenzar a leer este texto hagan CLICK en este link y luego comiencen, ya comprenderán por qué: http://www.youtube.com/watch?v=leSYZRmknlc

“¿Qué está haciendo aquí?” preguntó el oficial alemán.
“Haga lo que quiera conmigo. No pienso moverme” respondió Szpilman
“¡No tengo intenciones de hacerle nada!” le afirmó el oficial “¿Qué hace para ganarse la vida?”
“Soy pianista”
“Venga conmigo” le dijo y lo condujo a una habitación donde había un piano apoyado contra la pared, “Toque algo”

Tal vez algunos reconozcan este diálogo de una película, de hecho está extraído de un libro que luego se convirtió en un film que ganó varios premios Oscar, “El Pianista”, que relata los años de vida de Wladislaw Szpilman durante la II Guerra Mundial y cómo logró sobrevivir al gueto, a la deportación y al Holocausto escondiéndose en las ruinas de Varsovia en Polonia.

Szpilman era un pianista polaco y judío ya conocido antes de la guerra. Vivía en Varsovia  que fue una ciudad que sufrió el azote nazi en su totalidad. Primero llegaron las leyes anti judías, luego el gueto donde se encerró a los judíos, el hambre, el frío, después vino la deportación a los campos de exterminio y finalmente la destrucción total de la ciudad. Entre toda esa debacle, el pianista sobrevivió a todo, como pudo, solo y a veces con ayuda, y allí pasó los momentos más terribles de su vida. Szpilman presenció la deportación de sus padres y hermanos en los trenes del horror y no volvió a verlos jamás.

El terror en Varsovia empezó en 1939 cuando Alemania invadió Polonia (dando inicio a la II Guerra Mundial) y después sucedió todo lo que les relaté muy someramente recién. Después de sobrevivir a todo esto, después de vivir años escondido sin hablar con nadie, de escapar de la muerte de milagro más de una vez, un día, cuando iba en búsqueda de comida, a pocos meses del fin de la guerra, Szpilman levantó la vista y vio parado frente a él a nada más y nada menos que un oficial alemán.

En ese momento tuvo lugar el diálogo que les transcribí al inicio. El 17 de noviembre de 1944, en un edificio en ruinas, con alemanes dando vueltas por doquier, frente a un oficial alemán, en una Varsovia arrasada “Toqué Nocturne en C Sharp minor de Chopin” cuenta Szpilman en su libro. Esa es la música que están escuchando ahora si me hicieron caso al inicio.
Según el pianista, ese concierto privado le salvó la vida. El oficial después lo ayudó a mejorar su escondite y le llevó comida envuelta en periódicos para que estuviera informado de los avances de la guerra. ¿Sorprendidos? La primera vez que lo escuché también me sorprendí. Pero hubo algo que me llamó mucho más la atención.

Szpilman cuenta que en un momento le preguntó al militar: “¿Es Ud. alemán?”, a lo que el oficial respondió gritando y agitado como si la pregunta le hubiera molestado, “¡Sí, soy alemán! Y eso me avergüenza después de todo lo que ha sucedido!” Ahí me dije que tenía que saber más sobre este personaje.

Tipié en Google “Wilm Hosenfeld” y descubrí que era un oficial de la Fuerza Armada Alemana que en 1940 había sido destinado a Varsovia y que había permanecido allí hasta que fue capturado por los rusos en enero de 1945. También leí que había ayudado a muchos polacos durante la guerra y entre ellos a varios judíos y por supuesto aparecía el encuentro con el pianista. Supe que fue sentenciado a 25 años de trabajos forzados por crímenes de guerra y que a pesar de las peticiones para su liberación de todas las personas a las que había ayudado, los rusos se negaron a liberarlo y que finalmente murió el 13 de agosto de 1952 en un campo de concentración soviético.

Lo mejor llegó cuando leí que en el año 2009 Hosenfeld había sido reconocido post mortem como “Justo entre las naciones”, ¿Qué es esto?, también lo busqué: es una distinción que da el Parlamento israelí a aquellas personas que no son de ascendencia judía y que prestaron ayuda a las víctimas durante la guerra. Por tanto, para mi sorpresa, un oficial alemán y nazi era reconocido con el mayor honor por parte del gobierno judío de Israel. YO NECESITABA SABER MÁS DE ESTA PERSONA pero Internet no me daba mucho más que lo que les conté, hasta que, cuando terminé de leer el libro "El pianista", vi que después del relato del protagonista, al dar vuelta la página, había un apartado con el siguiente título: Extractos del Diario del Capitan Wilm Hosenfeld

¡INCREÍBLE! ¡Era exactamente lo que estaba buscando y como si nada se apareció de pronto! ¡Qué daríamos por tener un diario de cada uno de las personas que forjaron nuestra historia! Imaginan bien si piensan que leí esos extractos a la velocidad de la luz. Entendí muchas cosas leyéndolo pero también me avergoncé de mí misma porque a pesar de ser historiadora me di cuenta de que había caído en la tan horrible GENERALIZACION con frases como “todos los nazis son la rencarnación del mal” cosa que evidentemente no fue así.

Entre las páginas del diario de Hosenfeld se pueden leer cosas como: “Los métodos de los Nacional Socialistas (Partido Nazi) son diferentes, pero básicamente persiguen una sola idea: el exterminio y aniquilación de las personas que piensan diferente.” Esta entrada es del 18 de enero de 1942 fecha en que se comenzaba a gestar la empresa del Holocausto y se ve claramente que Hosenfeld podía notar como se le iba dando forma. En la misma fecha analiza las incongruencias del régimen: “Él (Hitler) le dice al mundo que no tiene intención de incorporar otras naciones a los estados alemanes ni negarles el derecho de su soberanía, pero ¿y los checos, y los polacos y los serbios?” Para esta fecha Alemania ya había invadido y ocupado estos territorios dando inicio a la Segunda Guerra Mundial.

Frases como la siguiente, por ejemplo, me llamaron poderosamente la atención: “La historia nos enseña que la tiranía no ha perdurado jamás. Y ahora nosotros tenemos culpa en nuestras conciencias por la terrible injusticia de matar a los habitantes judíos.” Recordemos que Hosenfeld había sido destinado a Varsovia (Polonia), ciudad en la que la persecución de los judíos fue devastadora, está claro que nuestro oficial debe haber presenciado infinidad de situaciones de tortura y asesinato. El diario sigue: “Aquí hay una acción para exterminar a los judíos. Ese ha sido el objetivo de la administración civil alemana desde la ocupación de las regiones del Este..” Si bien, después de años de investigaciones, nunca se halló una orden escrita firmada por Hitler o Himmler para la eliminación total de los judíos podemos deducir que la orden existió de todas maneras o que por lo menos era evidente para todos, aun para aquellos militares no involucrados con el Holocausto directamente, de que se estaba llevando a cabo la eliminación de todo un pueblo. Hosenfeld nos cuenta que “Gente de Lietzmannstadt y Kutno dice que los judíos, mujeres y niños, son intoxicados en vehículos móviles de gas.” Y al igual que nosotros hoy en día piensa que “es difícil creer todo esto y yo trato de no hacerlo, no tanto por la inquietud por el futuro de nuestra nación, que tendría que pagar por estas monstruosidades algún día, pero porque no puedo creer que Hitler quiera estas cosas y que haya alemanes que den estas ordenes. Si es así, puede haber solo una explicación: son enfermos, anormales o locos.” Me veo a mí misma pensando exactamente lo mismo cuando leo sobre este tema.

Me sorprendió mucho también la culpa y la sensación de merecer el castigo que obviamente debería llegar algún día: “Qué cobardes somos, sintiéndonos superiores y dejando que esto pase. Seremos castigados” dice Hosenfeld y agrega “Cuando se cometieron las matanzas en masa de judíos el verano pasado […] supe casi con seguridad que perderíamos la guerra. No había ya motivo para una guerra que se justificaba en la búsqueda de libertad de subsistencia y espacio vital. Ha degenerado en una vasta, inhumana masacre en masa, negando todo valor cultural y el pueblo alemán no puede ser justificado, será condenada la nación como un todo.” A mi parecer el oficial podía ver con claridad lo que luego sucedió. La guerra que supuestamente había iniciado con determinados objetivos y valores, que de por sí pueden ser objetables, había terminado en una maquinaria de matanza de un pueblo entero, y por tanto no podía haber ningún futuro. No había otra salida que la derrota militar y el juzgamiento de aquellos que habían atentado contra la vida. Hosenfeld sigue: “Hemos traido vergüenza sobre nosotros, que no se puede borrar. Es una maldición que no se puede quitar. No merecemos misericordia, somos todos culpables. Cada día que pasa me siento peor.” Esta frase me gusta porque no podría haberlo predicho mejor.  El genocidio perpetrado por los nazis fue una maldición para el pueblo alemán, porque al igual que el nombre de Judas se relaciona siempre con el concepto de traición, el Holocausto nos lleva indefectiblemente a la Alemania nazi.

En su la última entrada, el 11 de agosto de 1944, unos meses antes del fin de la guerra, Hosenfeld escribe lo que para mí es un pequeño gran resumen: “Monstruosos métodos fueron utilizado aquí. Actuamos como si fuéramos amos y nunca fuéramos a irnos”, sin embargo no eran amos, y sí se fueron y dejaron lo que hoy todos lamentablemente conocemos como la Shoá (o el Holocausto). 

Lic. Diana Fubini

Bibliografía

Szpilman, Wladislaw, The Pianist, London, Phoenix, 2000