jueves, 19 de julio de 2012

El pato salvaje (El juego nacional argentino)


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Pocos saben que El Pato es nuestro deporte nacional. Como las justas y torneos de los caballeros medievales en Europa, el pato requiere de eximios y valerosos jinetes a la hora de practicarlo, por eso este post tiene por objeto contarte los orígenes de este juego.

La primer noticia de este entretenimiento es de 1610, cuando se realizaron festejos por la beatificación del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, donde “se corrieron toros y jugaron cañas sesenta jinetes bien montados” la mitad de estos pintados como indios, al finalizar el día, “corrieron algunos patos, que a todos causó admiración”. Ese mismo año, tuvo lugar una partida entre los indios calchaquíes que desafiaron a los indios del valle de Guachipas, ganaron los primeros rematando la jornada hípica corriendo carreras de caballos.

El Pato a mediados del siglo XIX fue graficado por Salvaire (sacerdote misionero) “consistía en abrochar un cuero vacuno por todos los costados, poner dentro de él un pato y un ave cualquiera doméstica”, otras veces también se ponían objetos de valor. “La pelota de cuero tenía dos manijas de cuero trenzado y una tercera en la parte posterior. Lo jugaban dos bandos de jinetes, un jinete de cada bando tomaba una manija lateral de la pelota y se lanzaban al galope, sus respectivos bandos, en abigarrado tropel, iban en persecución con el objeto de agarrar la tercer manija, que una vez alcanzada había que defender bravamente ante los empellones y golpes de los adversarios”.

Este deporte que ocasionaba “algunas muertes repentinas, y otros muchos desórdenes, embriagueces y puñaladas” obligó a las autoridades coloniales a prohibirlo mediante bandos en 1778, 1784 y 1790, promulgados los últimos por el marqués de Sobremonte,  debido a la cantidad de contusos leves, graves y muertos que dejaban como saldo las bravías jornadas.

Pero el juego se siguió practicando y en 1796, la Iglesia tomó cartas en el asunto advirtiendo que “de lo mandado contra una diversión cristiana y opuesta al Precepto del Decálogo, en que se os ordena el recíproco amor al prójimo; previniéndoos como os prevenimos que, siempre que no diereis el debido obedecimiento a este mandato, seréis excomulgados y expulsados del Templo como miembros corrompidos y segregados del cuerpo místico de la Iglesia; negándoos sepultura eclesiástica a aquellos que por su desgracia llegasen a fenecer en tan bárbaro juego”.

Evidentemente el gusto por este deporte desafiaba cualquier límite civil o divino, ya que en 1806 tuvo lugar una partida de Pato en Luján, donde se encontraban detenidos los británicos que habían participado en las Invasiones Inglesas de ese año. En esa ocasión, el primer regimiento de húsares llevaron a cabo una partida de Pato iniciándose el juego cuando su capitán, Vicente Villafañe, lanzó el pato por encima de su hombro, mientras cruzaba al galope por el medio de sus soldados formados en dos filas enfrentadas, lo que llenó de admiración al brigadier sir Carr Beresford y a sus oficiales. El premio consistía en un par de espuelas de plata donadas por el coronel Pack.

El apego al juego continuó luego de la Independencia, posiblemente con el mismo nivel de violencia, ya que un decreto del 21 de junio de 1822 firmado por el entonces gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, señalaba que “todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez será destinado por un mes a los trabajos públicos; por dos meses en la segunda, y por seis en el tercera” y “quedarán sujetos a la indemnización de los daños que causaren”.

El general Garmendia a mediados del siglo XIX describió la previa a una partida de pato de la siguiente manera “los paisanos están desmontados, arreglando sus monturas, otros en actitud de espera, teniendo todos de las riendas de sus caballos; se han convidado a jugar al juego del pato y esperan la señal de la lucha divididos en dos bandos; los azules y los colorados van a ser actores en una fiesta de la fuerza bruta, de la destreza y del valor”. Jinetes y pingos, lucían para esas ocasiones las mejores prendas “riendas con virolas labradas y trenzadas, boleadoras de marfil encadenadas en los extremos con pasadores de oro” vistosos estribos y arreos. Los paisanos lucían “chaquetilla, chiripá y calzoncillo cribado; cinturón reluciente con monedas de oro y plata, cruzado por la parte de atrás con facones y dagas y calzando la clásica bota de potro sobada, con posadas espuelas”.

Como un actual periodista deportivo, Garmendia relataba: “los caballos en confuso tropel, se juntan, se separan, dando tirones hercúleos y pechadas bestiales”, los jinetes caían y volvían de un salto a ocupar su posición sobre la cabalgadura. Cuando el pato caía, lo recogían del suelo y pasaba de mano en mano, hasta que un jinete lo aferraba con destreza y partía en carrera veloz, “principia en este momento una lucha tan confusa, envuelta en una masa de polvo y el rumor cavernoso del suelo pisoteado, que es imposible describirla”, se cae uno y veinte más quedan tendidos en el suelo. En medio de un griterío ensordecedor, el juego finalizaba cuando el jinete alcanzaba la meta llevando en alto el trofeo que arrojaba a la concurrencia diciendo “Ahí tienen el pato, venga el baile!”. Y ahí nomás se armaba el bailongo.

El Pato carecía de normas siendo reglamentado en 1937, entonces un Decreto de 1938 que señalaba “en la actualidad es un deporte sano y vigoroso, similar al polo” dejó sin efecto el reglamento de 1889 de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que prohibía la práctica del juego.

Este deporte maravilloso que como vimos desconocían los ingleses que quedaron “admirados” al ver la destreza que exigía la partida, no fue practicado por españoles ni británicos, ya que no lo jugaron ni lo juegan en la actualidad. Incluso si fuera un juego traído por los españoles, como las corridas de toros, El Pato se practicaría en el resto de Hispanoamérica.

El Pato nació de las entrañas de las habilidades, la gallardía y la maestría demostrada por nuestros indios y gauchos en el manejo del caballo (introducido en América por los españoles). Este entretenimiento de jinetes eximios, fue declarado deporte nacional el 16 de septiembre de 1953, mediante el Decreto 17.468, “EL PATO, con exclusión de cualquier otro debe declarárselo “DEPORTE NACIONAL”, que es deber del Estado velar por que las nobles costumbres de raíz histórica pura como lo es “EL PATO”, sean amparadas y apoyadas oficialmente, exaltando el sentimiento de nacionalidad y amor sobre lo realmente autóctono” Firmado Juan D. Perón.

Finalmente, en 1941, se creó la Federación Argentina de Pato (FAP), cuya finalidad es fomentar, dirigir y difundir el juego de El Pato, así como “organizar torneos y velar por la aplicación de los reglamentos, a la vez que orientar y promover la crianza del tipo de caballo más apto para este propósito”.

Ahora ya lo sabés!
Lic. Alicia Di Gaetano
Bibliografía:
Torre Revelo, José, Crónicas del Buenos Aires colonial, Buenos Aires, Taurus, 2004
Página web www.pato.org.ar

6 comentarios:

  1. Este post no lo habia leido ...excelente

    gracias

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    1. Muchas gracias Anónimo. Me alegro que te haya gustado.
      Alicia

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  2. Muy interesante, no sabía que el pato era el deporte nacional. Felicitaciones por el aniversario.

    Gabriela

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    1. Muchas gracias Gabriela por comentar!!!!.
      Alicia

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  3. El pato es el deporte nacional, la del ceibo es la flor nacional y el vino es la bebida nacional.
    Muchas gracias, Alicia, por este artículo que es excelente.

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    1. Mil Gracias Mario por compartir los datos que mencionas en el comentario y me alegro que el post haya sido de tu agrado.
      Alicia

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